A TORRE VIXÍA
19 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LA HISTORIA OFICIAL dice que ni Fraga, ni Rajoy, ni el propio afectado sabían que Jesús Palmou ocupaba, desde hace tres años, la secretaría general del PP de Galicia, y que tampoco se acordaron de que en mayo van a celebrarse elecciones municipales. Por eso defenestraron a Cuíña como quien tira una lata de cerveza vacía, pensando que todo quedaría resuelto cuando el nuevo hombre fuerte de la derecha entrase en la Xunta con un equipo creado a su medida. Negando siempre la crisis, y dando por supuesto que los gallegos tragamos cualquier cosa, a Palmou se le habían encomendado cuatro misiones importantes. La primera consistía en dejar muy claro que la autonomía gallega se fundamenta en el dogma de que Aznar es dios y Mariano su profeta, y que todo aquel que se olvide de rezarles, mirando hacia Madrid, será pasado por la piedra. Su segundo trabajo era hacer de vicepresidente in pectore , reordenar la gestión de la Xunta y preparar la sucesión desde dentro. El tercer cometido era limpiar el PP de cuiñistas y hacer olvidar los métodos empleados por el ángel caído para extender la influencia del PP y controlar todo lo que se mueve. El cuarto y último objetivo era poner tierra por medio con el creciente murmullo de la extorsión organizada, que, con el paradójico amparo de la honradez proverbial de Fraga, convirtió al PP en una federación de intereses y en una carga insoportable para los empresarios invitados a colaborar con la causa. Pero dice la historia oficial que, cuando todo estaba hecho, el propio Jesús Palmou se acordó de que era el secretario general del PP y de que había elecciones municipales, y llegó a Raxoi jadeando, el sábado por la mañana, para pedirle a Fraga que no le obligase a cargar con el sufrido oficio de conselleiro y le permitiese servir a Galicia y al partido en un segundo plano. Por eso Fraga tuvo que aceptar su renuncia, exponerse a que todo el mundo pensase que aquí hay gato encerrado, y apañarse con una remodelación ya descontada que, antes de darle posesión a los nuevos conselleiros, los mete de lleno en un mar de intrigas y pésimos rumores. Claro que en todas las tabernas de Galicia se da por cierto que Palmou recorrió el sábado el mismo camino que había hecho Cuíña el jueves: entrada triunfal en el despacho presidencial, conversación lacónica en torno a un dato de última hora, y salida desinflada, con el rostro muy pálido. Pero yo estoy seguro de que nada de eso es cierto, y que hay que atenerse a la historia oficial: que aquí no hay crisis, que sólo falló la memoria, y que, una vez descubierta la proximidad de las elecciones, todo el mundo se puso a servir al PP, a Galicia y a España. Como debe ser.