CRÓNICAS DEL TERRITORIO
18 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.EL TERRITORIO, como objeto de interés y de reflexión, es un planteamiento reciente. Antes de los años ochenta, tan sólo los geógrafos lo teníamos como objetivo de estudio, y lo denominábamos el paisaje geográfico , para diferenciarlo del paisaje de los poetas, de los pintores, de los artistas. Otros proyectaban sobre él, lo transformaban, lo empobrecían o lo enriquecían, porque no toda acción humana es depredadora. Era, para nosotros, un paisaje dinámico; una síntesis espacial resultante de la interacción de los diversos factores que lo habían configurado: era por eso un estudio genético y relacional del paisaje, pero era también un análisis crítico del presente y una reflexión proyectiva del futuro. Después los geógrafos se fueron por las ramas y éstas les impidieron ver el bosque. Pero, mientras, el bosque, aunque enmarañado, se animaba. Fueron primero, en Francia, los que enfatizaron la importancia de la gestión del territorio - management du territoire , mal traducido por un término normativo: ordenación del territorio-; fueron en Inglaterra los que aplicaron el physical planning , los más próximos al ambientalismo actual; también en Francia -años setenta- empezó a concebirse el territorio como una abstracta organización territorial de redes urbanas. Más tarde arribaron los arquitectos al territorio -aunque evidentemente antes lo habían intuído a través de los planes de urbanismo- pero era un enfoque mucho más limitado. Aportaron su visión formal y estética. Llegaron, algo después, los biólogos con la aportación del concepto de ecosistema, y de su equilibrio como un objeto para la conservación. Por esa época volvieron los economistas con la teoría del desarrollo local, del local development , mejor traducido por desarrollo territorial. Eran los primeros años de la década de los noventa. Evidentemente el bosque se fue animando, pero también se enmarañó un poco más. Pero fuera de los debates personalistas en búsqueda de un protagonismo efímero, lo cierto es que las reiteraciones, superposiciones, duplicaciones, se convirtieron en las ramas que no dejan ver el bosque. Y las soluciones han de permitir ordenar, clarificar, racionalizar ese bosque enmarañado. Las soluciones parciales, como aportaciones, son valiosas, pero no dan respuesta a los problemas, al único problema, a la necesidad de rehabilitar o racionalizar el paisaje, entendido como un espacio genético, dinámico e interactivo. Por eso el feísmo no es más que la cara aparente del problema, las raíces hacia donde hay que orientar la reflexión y la acción, y que por eso deben ser radicales. Sería lástima que la corriente de apariencia, imagen, que domina nuestra cultura infectara también al paisaje. El maquillaje está bien -si se hace con tiento- pero es efímero. Y nuestro tiempo, por exceso de apariencia, precisa permanencias. El territorio, no lo olvidemos, es soporte y expresión material de la cultura de un pueblo, de la evolución técnica de un grupo social, de su identidad. El paisaje está tan vivo como nosotros, y tiene -como nosotros- un alma, que es el sentido que nosotros, como pueblo, logremos insuflarle. Por eso para acercarse al territorio hay que aprender a comprenderlo. Aunque en muchos casos la huella latente de su incomprensión deje señales permanentes, inevitables, injustificables. Y hoy, más que nunca, el capital y la tecnología -en una potente y nunca antes alcanzada alianza- precisan de un pensamiento, de una interpretación acertada de la realidad territorial, para impedir que esa poderosa conjunción pueda destruir la herencia de los siglos y afrontar el futuro con cicatrices irrecuperables que hicieron, que hacen sufrir al territorio, como en El bosque animado de nuestro paisano escritor. Pensemos, si no, ¿qué queda de la fraga de Cecebre...? ¿Una bella producción de animación virtual?