NI LO CESARON, ni dimitió. Lo que hicieron con Cuiña fue humillarlo cruelmente, como si no le conociesen de nada, y enviarlo a su casa con cajas destempladas. Necesitaban un chivo expiatorio y lo escogieron con pedigrí. Querían aplacar la protesta popular y entregaron la joya de la corona. Querían desviar las críticas a Fraga y lo convirtieron en buey de pirañas. Querían hacer un escarmiento para díscolos y recrearon la imagen del ángel caído, que quiso ser Dios y acabó en los infiernos. Claro que Cuiña les ayudó mucho. No midió sus ambiciones ni los medios para realizarlas. Nunca supo separar la política de los negocios. Jugó al caudillismo de Fraga, en contra de Galicia y en su propio beneficio. Cambió sus amigos y consejeros por trepas y caciques sin escrúpulos. Confundió la autonomía de decisión con una alianza de intereses basada en el control clientelar del medio rural. Abusó de su poder frente a los empresarios, a los alcaldes y a los compañeros de partido. Donde le faltaba autoridad usó la chulería, y hasta llegó a reproducir los peores tics del jefe que lo fulminó: «querido amigo», «no le tolero», «no tengo más que decir», «me responde usted de esto», «y punto». ¡Daba pena! Pero, si es cierto que a Cuiña le hicieron beber su propia medicina, también es verdad que el PP acaba de sacrificar al mejor de sus políticos en activo, al único que podía ganar unas elecciones después de Fraga. Y por eso hay que decir que, lejos de haber conjurado la decadencia del fraguismo, el partido de Aznar acaba de despertar a todos los demonios que estaban incubando la crisis a la sombra de un régimen formalmente democrático y realmente autoritario. En contra de los que piensan que entregó su vida política en defensa de la autonomía, mi amigo Pepe Cuiña acaba de ser triturado por la maquinaria de un partido monolítico que él mismo ayudó a crear con un entusiasmo digno de mejor causa. Y por eso estoy seguro de que la crisis del PP no hizo más que empezar, dejando a Galicia a merced de una turba de mediocres especializados en la victoria pírrica y la intriga menor. Abandonado por Fraga y puesto en evidencia por su propio partido, el eterno delfín de Galicia ya sabe muy bien en qué consiste la soledad, fría y sin futuro. Después de catorce años manejando una agenda ficticia, llena de aduladores interesados, tendrá que recordar otra vez los números de teléfono que sepultó en el olvido. Pero su derrota está muy lejos de ser, como dijo Jesús Palmou, un episodio personal y sin mayor trascendencia. Porque acaba de demostrar que Galicia hace su historia como Penélope hacía su tela: deshilando por la noche lo tejido por el día. ¡Un desastre!