SI JOSÉ CUIÑA hubiera sido sólo un conselleiro, no habría pasado nada, y a otra cosa mariposa. A rey muerto, rey puesto. Lo que ocurre es que Cuiña era dos cosas más importantes: era un hipotético sucesor y un símbolo de un galleguismo político, con determinadas raíces sociales y determinadas formas de captación del apoyo popular. Como sucesor, la esquela está escrita: ha caído. La ilusión de media vida se ha desvanecido en un mal día de enero. La cuestión es si ha caído el modelo que Cuiña representa. Es decir, la parte más populista del PP; ésa que ha echado raíces profundas en la Galicia rural ( incluyendo mucha población urbana) y ha creado una red de influencias y clientelismos sin parecidos en España; ésa que ideológicamente está más próxima a Castelao que a Aznar y que tiene más influencias nacionalistas que españolistas; ésa que, al margen del tirón electoral de Fraga, le ha dado al PP las mayorías absolutas. La respuesta es que, por lo menos, hay un cerco a ese modelo. Lo hay desde el último relevo en la secretaría general. Existe un proyecto de renovación que la dirección nacional acometió en toda España y está pendiente en media Galicia. En el caso Cuiña, se han juntado dos circunstancias: la agresión a la persona como aspirante al máximo poder y ese cerco a lo que algunos simplifican como «la boina». El asedio ha comenzado, y ha comenzado por arriba. Nadie puede probar que sus hilos sean movidos por Génova, pero lo ocurrido gusta mucho en Génova. Génova está encantada de que desa-parezcan personas poco sumisas. Pero, ¿va a ser tan fácil la victoria? ¿Se puede arreglar todo con una simple goma de borrar? No lo creo. Dudo mucho que las víctimas -la presente y las futuras- se conformen con morir y quedar para la historia como unos políticos antiguos, rurales y últimos representantes del caciquismo. Entre otras cosas, porque no es verdad.