La caída de Cuiña

OPINIÓN

16 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

OFICIALMENTE, José Cuiña ha dimitido. Así consta en carta que ha remitido al presidente de la Xunta. No me lo creo. Tengo razones para pensar que Cuiña ha sido cesado. Y tengo razones para sospechar que la actividad de la empresa familiar que ha vendido trajes y palas para limpiar las playas ha sido la razón para justificar el cese, pero no la única. Ni siquiera la más real. A Cuiña le ocurrió lo mismo que Miquel Roca le decía a Alfonso Guerra: «A usted hay mucha gente que le tiene ganas». A Cuiña le tenían ganas diversas e influyentes personas del gobierno gallego y del Partido Popular de Galicia. Se la tenían jurada. Habían manejado informes que afectaban a su vida íntima. Habían filtrado papeles sobre sus conexiones empresariales. Temían su poder. Y temían, sobre todo, que pudiera ser el sucesor. A impedirlo han dedicado sus mayores esfuerzos en los últimos años. Cuiña se vio tan cercado, que hace unas semanas comentó a personas próximas: «Creo que lo voy a dejar». Y no lo hizo. Creyó que podría ganar esta batalla. Mientras le acusaban ante Fraga de ser desleal, de haber filtrado la cacería, de alinearse con enemigos, de ser un ingenuo que alentó la comisión de investigación, un cierto orgullo de Lalín o un defecto de información le condujo a pensar que podría ganar. Hoy, seguro que se arrepiente de no haberse marchado, porque ahora queda como un corrupto que ha vendido su alma al dinero. En el fondo, es como Al Capone: si es cierto que hizo todo lo que dicen que hizo, lo pillan por un asunto de dinero. Hay algo de injusto en todo esto, hay algo de venganzas políticas agazapadas, hay algo de navajeo y de trama en la oscuridad, como ocurre en todas las grandes batallas políticas. Y, en todo caso, ha caído un político gallego muy importante y de una gestión brillante. En la política y el gobierno gallego, nada va a ser igual. Ayer se empezó a escribir el post-fraguismo.