AHORA que ya sabemos que los precios subieron el doble de lo que el Gobierno había previsto. Ahora que asistimos a una catarata de reformas contra la inseguridad en el país que nos dijeron que era el más seguro de Europa. Ahora que comprobamos que el fuel va a seguir saliendo del Prestige hasta el fin de los días y que aún no han presentado un plan para la recuperación económica de Galicia, van y nos echan otro jarro de agua. El Gobierno gallego vive un tormenta que parece un tornado. Y es que las desgracias, como algunas buenas noticia, nunca vienen solas. Que el enfrentamiento entre los miembros del Gobierno es un hecho, nadie lo discute. Se aprecia con sólo pedirle la hora a alguno de ellos. Que no es nuevo, tampoco. Pueden hablar de «pequeñas discusiones» o de «distintas opiniones». Lo que existe, y ha existido siempre, es una división evidente. Lo que existen son clanes, camarillas y pandillas con intereses encontrados. Pero distintos de los de Galicia. Por eso la anunciada remodelación llega en un momento en que no sólo está en crisis el Ejecutivo de Fraga. Lo que está en crisis es Galicia. A un gobierno que ha tenido que tragarse sapos y padecer descalificaciones, soberbias e incapacidades, se une el evidente desánimo en el que se encuentra postrada la sociedad. La indignación, la atonía y, en definitiva, la fractura social. Hay que enderezar el rumbo. Salir del entumecimiento y el descrédito. La situación actual requiere que quien tiene la responsabilidad se despoje de intereses partidistas y afronte de una vez por todas un proyecto ilusionante y consistente. Lo que se dilucida no es el futuro de quienes aspiran a la historia, ni el de un partido. Lo que está en juego es un país inmerso en una parálisis insoportable. Un país a punto de desmoronarse. Porque ya hemos soportado demasiado.