TODOS LOS sábados, cuando viajo a Galicia, lo encuentro en el avión. Está allí, en la fila de embarque, con su aire de sabio despistado, esperando su turno. Es como una cita semanal. Antes me preguntaba: «¿Dónde das el pregón?». Y alguna vez lo encontré entre el público del pregón. Y me facilitó citas literarias para el próximo. Y me envió algunos de los libros más preciados de mi biblioteca. Casi todos los que tengo de Popper. Casi todos los que hablan de sociedad civil. Os hablo de José Manuel Romay Beccaría. Acaba de tomar posesión de la presidencia del Consejo de Estado. Será el encargado de dictaminar el inmenso paquete legislativo con que el Gobierno quiere coronar su mandato y recuperar la iniciativa política. No conozco a nadie que haya discutido la justicia de este nombramiento. José Manuel Romay es una de las personalidades más respetadas de lo que se llama «el arco parlamentario». Y se ganó este aprecio por tres cualidades personales: su bonhomía, su bagaje cultural y su capacidad de trabajo. Fue la sonrisa interna del Consejo de Ministros, que endulzaba cada viernes con un reparto de caramelos. Ha dado soporte ideológico a algunas de las decisiones más importantes de los últimos seis años. No conoce las estridencias ni los malos modos. Y alguna vez habrá que certificarlo: hasta la llegada de Ana Pastor, que todavía está en periodo de gracia, ha sido el mejor ministro de Sanidad. Cuando preguntas por él a algún compañero, te responde: «Un caballero». Nombrarlo presidente del Consejo de Estado es la coronación de una biografía que no supo hacer otra cosa: servir a ese Estado. Y es tal su valía precisamente como consejero que este cargo parece inventado para él. Este sábado temo no encontrarlo en el aeropuerto. Aznar le acaba de anunciar que «le dará mucho trabajo». Tendré la impresión de que falta algo en el avión. Tendré la impresión de que falta alguien en Galicia.