EL ANUNCIADO salto a la política pública, porque en privado ya estaba, de la presidenta consorte, doña Ana Botella, supone un punto de inflexión en la táctica política tradicional del universo clerical reaccionario al que pertenece. Hasta ahora, las sor Patrocinio, Evitas, o Cármenes, por no recordar a arquetipos como lady Macbeth, basaban su influencia en las intrigas de alcoba o sacristía, y se mostraban a veces desde el balcón de Palacio como adorno piadoso y caritativo para tratar de hacer ver a la plebe que se contenta con un poco de espectáculo, que el régimen que representaban sus maridos o patrocinados estaba muy influido por la moral católica, y por tanto portaba la máxima legitimidad para sus correligionarios. El no estar ocupando un cargo público permitía eludir las responsabilidades derivadas de sus acciones y por eso mismo posibilitaba mayor capacidad de intriga y manipulación. Por tanto, dedicarse a la beneficencia democráticamente con cargo y, en consecuencia, sujeta a las miradas indiscretas de la crítica supone una innovación interesante que habrá que observar como se merece. En los últimos tiempos, el PP parece estar derivando hacia un régimen que patrimonializa de modo personalista las instituciones, y en el que mayoría de sus integrantes aparentan estar sólo de cla, para aplaudir los números de sus más altos dirigentes. Puede que la cosa venga ya desde los orígenes lejanos de «la calle es mía» del fundador, pero se manifiesta claramente en ocasiones más o menos anecdóticas como la reciente boda escurialense, o de alcance político, cual es la elección digital del tapado, al modo del PRI. Toca. No toca. Ahora toca destapar a la tapada. Esperemos que no toque luego el «año del hidalgo».