El cuaderno de bitácora

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

HACE DIEZ AÑOS que Fraga planteó el tema de la sucesión por primera vez. Lo hizo porque quiso, cuando mejor le pareció e insinuando el calendario que más le convenía a su lección de ética política: «Dos mandatos son suficientes». Desde entonces hemos vivido bajo el síndrome de una sucesión escurridiza, que siempre quedó aplazada por falta de contexto adecuado o porque aún quedaba un milagro sin terminar. Así nos hemos acostumbrado a verlo todo bajo el prisma del Fraga providente que está empeñado en dejarnos el país arreglado antes de abandonarnos, y, si Cuiña se está preparando eternamente para ser un digno sucesor, el diálogo con Beiras introduce en Galicia los hábitos de un país civilizado. Punto crucial de esta política de tira y afloja fueron siempre las crisis de Gobierno, que el presidente administró como si él fuese el único dato cierto en un mar de incógnitas irresolubles. Primero llevó a todos los conselleiros al Parlamento, para que hubiese mayor fluidez entre el Ejecutivo y el Legislativo. Después separó a casi todos los conselleiros del Parlamento, para que pudiesen trabajar mientras la oposición se entretenía en hacer preguntas y presentar mociones. Y en todo momento convirtió el Consello de Gobierno en un criadero de mirlos blancos -Manolo Pérez, Corina Porro, Manuela López, Jesús Palmou- que fueron utilizados para renovar la política del PP a base de paracaidistas diplomados. Sólo el presidente mantiene su posición, sólo él conoce las claves de cada giro inesperado, sólo él administra el tiempo de la sucesión, sólo él tiene la facultad de insinuar el futuro a través de las crisis y los congresos, y sólo él va a señalar con su dedo poderoso a un sucesor que ya no tendrá más obstáculos para sentarse en Raxoi. Pero llegó el Prestige y se hundió. Y varias oleadas de chapapote arrastraron la crisis del PP desde la base hasta la cúspide. Lo que antes era el único dato cierto de la ecuación se ha convertido ahora en su principal incógnita. Y los que eran sujetos pasivos, maniobrando para pasar desapercibidos o para ponerse enfrente del dedo todopoderoso, se han convertido en agentes activos de una guerra sin cuartel, que trata de ganar posiciones en una sucesión que Fraga ya no puede dirigir. Por eso la crisis que viene tiene algo de nostálgico. Porque ya no sirve a ninguno de los objetivos políticos que quiere resolver, y porque es como jugar a la guerra en la retaguardia, mientras los cañonazos y los tambores resuenan en otras latitudes. Como dijo el jefe Aznar, en el PP de Galicia hay mucho escaqueo y poca política. Porque nadie quiere dejar escrito su nombre en el cuaderno de bitácora del submarino Prestige .