Voluntarios

| IGNACIO RAMONET |

OPINIÓN

07 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

ES HÁBITO periodístico, cuando empieza el año, designar a la personalidad más representativa de los doce meses precedentes. En mi opinión, para el año que acaba de terminar, la elección no ofrece dudas: la personalidad del 2002 son las voluntarias y los voluntarios que de tantos rincones de Galicia, de España, de Europa y de más allá han acudido a nuestras costas, a participar en la guerra contra el chapapote del Prestige . Y oponer una marea humana a la negra marea. Cual nuevas y ecologistas brigadas internacionales han dejado a veces a sus seres más queridos, a sus padres o a sus novios, han abandonado por un tiempo sus quehaceres o sus estudios. Escuchando sólo su conciencia, movidos por la solidaridad y el altruismo, se han puesto en marcha hacia nuestra lejana Galicia volviendo a recorrer los caminos de Santiago. Cual modernos peregrinos se han movilizado no por la salvación de su alma sino contra la destrucción del equilibrio ecológico del mundo. Llenos de admiración hacia esos (en su mayoría jóvenes) voluntarios, muchos periódicos publican sus testimonios sobre las razones que les han empujado a venir a Galicia. La lectura de estos relatos confirma que, al contrario de lo que se afirma a veces, los jóvenes de hoy poseen un espíritu de sacrificio muy semejante al que tenían las generaciones precedentes, en particular las de los movimientos antifascistas y anticolonialistas. Una de mis estudiantes de la Universidad París-VII acaba de pasar dos semanas en Vigo recogiendo pestilento fuel. No es gallega ni tenía una idea muy precisa de nuestra tierra. Pero, defensora de la naturaleza, había sido ya voluntaria hace dos años en Bretaña cuando el naufragio del Erika . Después de ver en televisión las imágenes de nuestras costas enlutadas, decidió movilizarse. «Empecé a llamar a mis amigos, a conectarme a Internet y a participar en los foros sobre el Prestige . Cuanto más me enteraba de las circunstancias del naufragio más rabia me entraba contra la incompetencia de las autoridades. Me puse a pegar carteles en la facultad. Nunca había sido una revolucionaria, pero mi furia era tal que empecé a comportarme como una pasionaria». Con una amiga que tenía parientes en las Rías Baixas decidieron ir a rescatar las costas y a curar el mar. «Como hubiese ido a cuidar a mi madre o a mi hermano si estuvieran enfermos». Se compraron con su propio dinero monos de plástico, botas, guantes y máscaras porque sabían que la desorganización era espantosa. Sin recibir ayuda de las autoridades, se fueron directamente a limpiar las arenas. En cubos ofrecidos por la asociación de vecinos de la playa metían el chapapote. Los comerciantes les ofrecían bocadillos. «El hedor era nauseabundo. Todo estaba recubierto de ese horrible veneno negro. Todo estaba inerte y muerto. Cangrejos, medusas, chocos, almejas, mejillones, aves, algas, hierbas. Todo». Sin saberlo, estos voluntarios confirman la fantástica dinámica de las ONG que comenzó hace unos veinte años. Y que conduce a decenas de miles de jóvenes de los países ricos a enrolarse en causas nobles y marcharse a regiones sufrientes para tratar de curar las llagas causadas por los excesos de la globalización liberal. Están en todos los frentes del dolor de América Latina a África, de Asia a Oriente Próximo, cuidando a heridos de guerras abominables, alfabetizando, construyendo escuelas o dispensarios, ocupándose de víctimas del sida, de mutilados por las minas antipersonal, repartiendo comida o ropa, cavando pozos para llevar agua potable a gentes sedientas... A partir del 23 de enero, muchos acudirán con nosotros a Porto Alegre, en Brasil, al Foro Social Mundial, punto de convergencia planetario de todos los que luchan contra los múltiples estragos de la globalización. Entre ellos figurarán sin duda los voluntarios que con tanto ardor combaten en Galicia las funestas consecuencias del derrame negro del Prestige . Nuestros héroes del año 2002.