Del honor de las palabras

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

06 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

ACABA de morir, a los 94 años, Dee Brown, autor de un libro sobre la historia de los Indios norteamericanos en el que bajo el título Enterrad mi corazón en Wounded Knee se relata, entre otras cosas, el modo en que el Gobierno americano empeñó repetidamente su palabra con las naciones indias en tratados y acuerdos que jamás se cumplieron. Los ingleses usan el verbo to dishonour para designar la traición a la palabra dada, dejando así bien clara la relación directa e inmediata entre la palabra dada y el honor de quien la dio. Y esto viene al caso, aunque no haga mucha falta, del estado y condición en que se encuentra el honor de aquel subdelegado del Gobierno de Pontevedra que empeñó su palabra con los responsables de las cofradías de O Grove, Cangas de Morrazo y Pobra do Caramiñal. Luego vino la Consellería de Pesca y le dijo al subdelegado que en cuanto a su palabra, se la podía meter donde le cupiera. Ignoramos lo que el subdelegado habrá hecho con su palabra ni si habrá acertado en semejante metida -pues este tipo de cosas suele ser íntimo- , pero está muy claro que el honor del subdelegado ha quedado hecho cisco, pues es difícil verse más ciscado. En este país padecemos la tendencia a hablar todos al mismo tiempo, y esa es la razón de que nos veamos hablando a gritos y de una manera en que la palabra da, más bien, en berrido. La relación de la palabra con el berrido es escasa, y la de éste con el honor, nula. Nadie presta mucha atención, por otro lado, a la palabra hecha berrido y, por lo tanto, se concede poca importancia a la relación de la palabra con la verdad, con la realidad y con el ser auténtico de las cosas. Y así nos va. Pero, ¿cómo nos iba a ir de otro modo si quienes habrían de servir de ejemplo optan por convertir la realidad en la palabra que más les venga en gana a la hora de decirnos que las cosas son como ellos quieren y no como nosotros las vemos, las tocamos y las olemos? Llega el señor Trillo, ministro de Defensa, y dice que nuestras playa están esplendorosas. Es difícil suponer que el señor Trillo nos imagina sin ojos para ver, sin manos para tocar, sin narices para oler. También es difícil suponer que el señor Trillo es lo que no es. Ha escrito un libro sobre Shakespeare, que está bastante bien y hace imposible cualquier hipótesis en cuanto a que el señor Trillo tenga un pelo de tonto. No, no lo tiene. Entonces, ¿que? Sólo se me ocurre la explicación de que al decir eso de que nuestras playas están esplendorosas, no quería referirse a nuestras playas ni, mucho menos, a verdad alguna. Creo que lo único que pretendía era que, al oír tales palabras de su boca, nos cayéramos de culo y dejáramos de dar la lata. Es una pretensión que coincide con la de Corina Porro, conselleira de Asuntos Sociais que al ser preguntada sobre la falta de palabra del subdelegado del Gobierno, responde señalando lo mucho que la turba el hecho de que «siempre se queja la misma persona que es el de O Grove y el resto está callado». Cuesta trabajo calificar el pensamiento de quien tan mal se expresa, pero no hay duda de que la conselleira Porro también quiere que nos caigamos de culo. Es un modo de patearnos el culo sin que se note. ¿O se nota?