Treinta años después


LA GUERRA del Yom Kippur y la decisión de la OPEP de aumentar exponecialmente el precio del crudo y reducir su producción, dejó a las potencias desarrolladas fuera del control del negocio del petróleo, abriendo en octubre de 1973 una crisis no resuelta. La dependencia del primer mundo de este recurso energético en manos de países a menudo hostiles , está en el origen de terribles tragedias de los últimos treinta años. Humanitarias, unas, como la reciente refriega militar para controlar Afganistán, la amenaza de guerra entre EE.?UU. e Irak o el intento de derrocamiento del Gobierno venezolano. Ecológicas, otras, en forma de mareas negras o graves inundaciones y alteraciones climáticas debido al recalentamiento de la atmósfera por la combustión del petróleo y sus derivados.En este 2003 cumplirá también treinta años la cumbre europea de Copenhague, celebrada por la recién nacida Europa de los nueve, que se resolvió con la decisión de apostar por una política energética común. La inoperancia de aquel acuerdo se evidencia estos días teñidos de negro en los finisterres del viejo continente, dispuesto -pese a todo- a lamer los pies del amo americano y acompañarle en su estrategia de conquista del sucio combustible, siguiendo el igualmente sucio principio de que el fin justifica los medios.Tres décadas después de una crisis que conmocionó al mundo, constatamos que los países que consumen más recursos energéticos no se toman en serio las energías alternativas y los fracasados intentos de Kyoto o Johannesburgo generan escasas esperanzas. Pero no hay otro camino que renunciar al petróleo -o reducir drásticamente su consumo- si queremos seguir construyendo civilización sin destruir el planeta.

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Treinta años después