AL profeta Álvarez Cascos, también ministro de Fomento en sus ratos de ocio, el juez de Corcubión pretende sacarle los colores. Un error. No los tiene. La coraza o doble casco que viene utilizando desde que se desencadenó la crisis del Prestige nos demuestra que el responsable de la jira del petrolero es un mendaz profesional. Tras casi dos meses de asegurar que las decisiones sobre el alejamiento del barco se habían tomado en función de lo que concluían los informes y de lo que decían los técnicos, ahora admiten que no disponen de esos papeles que solicita el juez. Razonable y comprensible. Entre ojeo y ojeo, entre tiro y tiro, en plena cacería, a nadie se le ocurre levantar acta de las decisiones que se adoptan. El profeta Cascos tomó la decisión, y lo asumió públicamente, de alejar el Prestige al quinto pino apoyándose en unos informes que así lo aconsejaban. Pero los informes no existen. Pese a que él lo aseguró tenazmente ante el Parlamento. Pese a que lo apoyó, con la misma tenacidad, el gallego Rajoy y el visitante clandestino José María Aznar. Pese a que llevan casi dos meses escudándose en unos papeles inexistentes que, al fin y a la postre, forman parte de la sarta de patrañas, enredos y embustes que comenzaron a tejer en el mismo momento en que el Prestige empezó a naufragar. La marea negra nos deja algunas consecuencias inapelables. Galicia, sumida en una tragedia; nuestras costas, nuestra economía y nuestro medio ambiente, destrozados y la burla y el engaño de quienes tienen la responsabilidad de gobierno. A medida que pasan los días se sienten incapaces, no sólo de tapar las grietas del Prestige , sino también las fisuras que se abrieron con sus embustes. La huída hacia delante los está conduciendo al abismo. Ya lo dijo Casey Robinson: «Cuanto más se huye, más riesgo se corre de tropezar».