ANTES, CUANDO los cristianos se hacían devotos de cualquier santo con tal de ganar un día festivo, los viejos de Forcarei tenían una explicación profana para tan religiosa costumbre: «As festas -decían- hai que organizalas, porque as penas veñen soas». Y ahora, cuando los cartuchos de mi impresora parecen llenos de vinagre, también yo me aplico un refrán parecido: «Las críticas hay que hacerlas y firmarlas, porque los aduladores, a la sombra del poder, se multiplican como hongos». Dice Álvarez Cascos que los que hablamos a diario del Prestige queremos desgastar al Gobierno. ¡Qué clarividencia! ¡Qué sutileza! ¿Cómo se habrá enterado de tan secreto propósito? Alguien debería recordarle que la crítica al poder democrático va de oficio, y que, cuando es ejercida como un derecho responsable, es tan noble y esencial como el poder mismo. Por eso quiero decirle a Álvarez Cascos que no necesita adivinar mis intenciones, y que, cuando hablo de su incompetencia, del buque sin rumbo, de su falta de conciencia del problema, de sus cacerías, de las mentiras del Gobierno, de la falta de protocolos de asesoría y decisión, de la falta de iniciativas para combatir la marea y del Prestige convertido en una regadera, es para desgastarlo y para ver si lo cesan un día antes de lo previsto. ¡Claro que criticamos al poder! Porque para desgastar a la oposición ya está el Gobierno, las televisiones públicas, las televisiones privadas que son como las públicas; los diarios independientes que funcionan como órganos de partido; los medios de comunicación de la Iglesia católica, apostólica y romana a la que yo pertenezco; algunos convencidos de que España tiene que recuperar su grandeza histórica, los intelectuales conversos de la antigua gauche divine , Miguel Boyer, Jon Juaristi y el obispo de Mondoñedo. Y por eso le recomiendo a Álvarez Cascos que, en vez de ir al Parlamento a descubrir el Mediterráneo, se dedique a reflexionar sobre los argumentos que usamos para desgastarle, y que, en vez de preocuparse por nuestras intenciones, atienda más a nuestras razones. Pasados los ardores políticos de mi juventud, y superado el encontronazo con el cuerpo electoral, creía haber ganado la mentalidad de un científico positivo que trata los asuntos de gobierno sin dejarse arrastrar por ellos. Pero tres viajes al Finisterre me han demostrado que nunca me dolió el país tanto como ahora. Nunca sentí tanta necesidad de rebelarme. Y nunca tuve que hacer tanto esfuerzo para no llorar sobre la tierra y el mar que me fascinan. Por eso pido y espero de mi pueblo que ponga en su sitio a los responsables de esta desgracia enorme y humillante. Álvarez Cascos, el primero.