DICEN QUE el año nacido ayer será el más caluroso de la historia. No es ninguna sorpresa, después de los desaguisados que se cometen con el medio ambiente. Los únicos que se pueden alegrar son los vagabundos, que encontrarán más calientes los bancos donde duermen y morirán menos por inanición. También las compañías eléctricas, porque gastaremos más en aire acondicionado. Lo lamentaremos los amantes del mar, porque, con temperaturas más altas, ni el Gobierno podrá esperar que se solidifique el fuel de los petroleros que se seguirán hundiendo. Lo que no quieren contar las previsiones del cambio climático son otras temperaturas: la que alcanzará una bomba al estallar sobre Bagdad dentro de menos de dos meses; la que alcanzarán los precios, estimulados por las tasas y otros incrementos inaugurados ayer de forma subrepticia; la del petróleo, capaz de encoger las economías occidentales como consecuencia de Irak y Venezuela; la de los cuchillos de los tiburones que actúan en las Bolsas para quedarse con el dinero de los ilusos que soñamos con el capitalismo popular ; la de los terroristas de ETA, cuyo afán será demostrar que es inútil incrementar las penas de prisión a sus asesinos detenidos; o la electoral, porque el poder vigente tiene que demostrar en las próximas urnas que no ha perdido asistencias populares, y la oposición tiene que convencer a todos de que van por buen camino. Como se puede ver, este año 2003 va a ser, efectivamente, el más caluroso de la historia. Se derretirán un poco más los hielos de la Antártida, y se impondrá a los medios informativos que enfríen el ambiente caldeado por otros. Como es tarde para pedir que paren esa guerra que viene; como es inútil insistir en que dimitan los responsables de tantas fechorías como están haciendo; y como es absurdo enfrentarse al destino escrito, me apunto, pese a todo, al único optimismo que hoy es posible: ¡Feliz año nuevo! ¡Meigas fóra!