UNA Y OTRA VEZ en los últimos meses he tenido que soportar el insulto y la deshonra contra el escritor Mariano Tudela, que desgraciadamente ya no puede defenderse. Voy a salir yo al paso de la calumnia, como me consta que les gustaría hacer a muchas otras personas que lo trataron en vida y conocieron su obra. Una obra que fue escrita con sabiduría y buen estilo a lo largo de más de cincuenta años. Mariano Tudela dejó publicadas diez novelas, cuatro libros de cuentos y más de veinte biografías de recreación literaria. Desde 1957 elaboró guiones de cine, radio y televisión. Y cultivó el artículo periodístico de respetable y brillante tradición literaria, desde que en los años cuarenta publicó su primera colaboración en El Progreso , de Lugo, para recorrer después la mayor parte de las cabeceras españolas, especialmente las de Madrid y Galicia, hasta su últimos días. Un tal Tomás García viene ahora contando con grandes alharacas que Tudela fue negro de Cela. Él mismo reconoce ser incapaz de probarlo fehacientemente. ¿Sabe García algo de la escritura literaria como profesión? Al parecer él se ha estrenado con títulos como La dificultad de ser normal , cuyos méritos literarios y adscripción genérica (¿quizás una autobiografía?) desconozco. ¿Sabe García algo de literatura? Pocas deben de ser las lecturas de quien no distingue entre un relato bien escrito y armado, y un conjunto informe de folios registrados con la rúbrica de novela. Colocado García en la cúspide de esa montaña de disparates que se vienen gestando impunemente desde que la revista Tribuna en 1994 insinuó que Tudela había colaborado con Cela en la documentación de sus últimas novelas, pretende apañar algunos euros con un panfleto cobarde, fabricado con rumores, no con verdades probadas, ni argumentos de base literaria, ni datos de ningún tipo. ¿He dicho panfleto cobarde? En efecto, porque el libro en cuestión, si bien no destaca por la hechura artística (su redacción es pobre y vulgar, su composición es una suma de entrevistas y artículos facilones, de chascarrillo, rescatados de un más que merecido olvido), sí llama la atención por cómo recurre al blindaje ante posibles querellas judiciales. Como carece de pruebas, Tomás García nunca acusa directamente, sino que se apoya en expresiones de acentuado cinismo, como «presuntamente», «dicen, yo no lo creo», etc. Y se protege detrás de las palabras de otros, a veces tan arteramente que manipula informaciones cedidas de buena fe para otra cosa muy distinta a este libro. García miente. Miente cuando afirma que Mariano Tudela escribió, en su biografía dedicada a Camilo José Cela en 1991, que el escritor guardaba en un cajón los nombres de los miembros de la Real Academia Española que habían vetado su entrada en esta institución, para vengarse después. A esa mentira añade otras: Tudela no «perpetró la presunta canallada» de plagiar la obra implagiable de Formoso para preparar «el guión» (así lo llama el hijo de Formoso, y abogado en su pleito) de La cruz de San Andrés , esa novela de Cela de la que muchos no dudan en hablar sin haberla leído. No hubo tal plagio, y ahí están los informes periciales de varios profesores de Universidad, a quienes García no respeta. Mariano Tudela no tuvo nada que ver con La cruz de San Andrés porque así lo dejó dicho en su última colaboración periodística, inédita y compuesta tan sólo de un título: «Yo no escribí La cruz de San Andrés ». Harto de lo que empezó siendo una broma, ante la que optó por la sonrisa o un silencio indiferente, quiso responder cuando el rumor empezó a tomar unos derroteros insultantes. Soy testigo, además, de que Tudela apenas podía leer y escribir en 1994, cuando una operación de cataratas estuvo a punto de dejarle ciego. Y por último, Mariano Tudela trabajó para Diario 16 en la selección hemerográfica que el periódico enviaba a Cela como documentación para sus artículos. Existe un contrato que lo prueba, firmado por Cela, el director del periódico, y Tudela, para la ocasión. Eso, señores, no es ser negro de nadie, que se sepa. Pero García no lo quiere saber, porque ya no controla el morbo que le quiere dar a sus «hallazgos». Lástima tener que dar pábulo a semejantes engendros nacidos a la sombra de la seudocultura, escribiendo sobre el libro de García. Pero prefiero esto a acabar siendo una presunta retorcedora de pescuezos de periodistas de pacotilla.