EL OFICIO del arquitecto consiste fundamentalmente en hacer realidad el programa que le propongan, en ordenar y encapsular la función, en idear la forma y construir el proyecto. Luego tiene que someter a prueba su uso, su funcionamiento, su economía, su integración urbanística, la apreciación estética que es capaz de suscitar. Gaudí es, en muchos aspectos, el arquitecto completo. Lo es desde la ideación y el diseño -sin ordenador- hasta la creación de inverosímiles modelos y redes funiculares. Es el arquitecto a pie de obra, el que conoce el oficio, con una buena formación técnica e histórica obtenida en la restauración de la catedral de Barcelona y en la abadía de Montserrat. Inconformista -como hay que serlo siempre para ser creativo-, tímido hasta resultar huidizo, sedentario, hizo de su biblioteca el universo Gaudí donde aprendió todo lo que hay que saber de la naturaleza, de la biología microscópica, de la mitología y del orientalismo. Además de su cultura bibliófila, utilizó la fotografía, el vaciado del natural y experimentó en el manejo de los materiales tradicionales en contacto directo con los artesanos. Fue un historicista sui generis, cuyas fuentes pueden rastrearse en Viollet-le-Duc, Ruskin, los prerrafaelitas ingleses o el mundo wagneriano. Hay el Gaudí anacrónico del goticizante Palacio de Botines de León o de la sede episcopal de Astorga, un hombre y un artista contradictorio, que llevó la experimentación de la forma hasta el extremo de vivir en medio de su propia obra, rodeado de maquetas, en la cantera de la Sagrada Familia. Pero hay un Gaudí absolutamente innovador, genial, que maneja con maestría inigualable la luz y el espacio y con la virtud, ciertamente divina -no tanto su proclamada beatitud-de ver el mundo en 3D. Cuánto hay de él en Kandinsky, Arp, Brancusi, Miró, Moore, Calder... Es el Gaudí extemporáneo/intemporal de la Pedrera que formalmente llega hasta nuestros días, con epígonos que van de Frank Gehry a la estética de consumo del Señor de los Anillos o la saga galáctica de George Lucas. Como suele suceder, la fama le llegó de fuera. El expresionismo alemán lo reinterpreta, el surrealismo lo admira, el racionalismo lo valora tibiamente, hasta que en Nueva York, en 1936, salta su obra en el MOMA, y después otra vez en el 56. Así ha llegado a convertirse en un mito cuyas obras son meta de peregrinación y en una lección para aquellos arquitectos de hoy que venden audacia y luego se quedan a medio camino. Llegado el momento de clausurar el Año Gaudí, entre todos los homenajes que se le han tributado, destaca la revisión crítica de su trabajo frente al mensaje tradicionalista de la construcción de su obra inacabada a la que le ha pasado el momento histórico, el soporte social, la vigencia estética y, por qué no, la viabilidad económica. Pero, claro, se trata de un símbolo, y parece que con eso basta.