Hijos de su padre


LA AMENAZA de conflagración atómica parecía un sombrío recuerdo de la guerra fría cuando, en tiempos de Clinton, Corea del Norte consensuó con Estados Unidos un plan de ayudas a cambio de congelar su programa nuclear. Diez años después, el hegemónico bloque capitalista vuelve a tener sed de enemigos externos para reafirmarse como el bueno de la película y dejar claro quién es el jefe. Sadam Hussein y Bin Laden no parecen suficientes y además comportan el peligro de convertir a todo el mundo islámico -y su enorme potencial como mercado- en cabeza de turco (con perdón). Tal vez por eso, resucitar el fantasma del comunismo en uno de sus pocos hijos vivos reconocidos se les aparezca como una buena estratagema para poner a la opinión pública internacional a favor de la discutida política exterior norteamericana.Desgraciadamente, el caudillo coreano Kim Jong -heredero del nombre de su padre y de un país convertido en terrible gulag durante la expansión del comunismo estalinista- parece decidido a seguirle el juego a George Bush, a su vez hijo de presidente y depositario dinástico del apelativo paterno.Toda una pesadilla hamletiana resuelta como una vulgar teleserie donde dos vaqueros de pacotilla y mirada aviesa, acercan la mano a la empuñadura de un revólver mudado en misil de largo alcance. Ambos necesitarían de buenas dosis de prozac y psicoanálisis para superar el trauma de la sombra del padre, pero me temo que no van a estar por la labor y querrán jugar a plantar letales setas atómicas en cualquier lugar de este desamparado planeta.Al resto del mundo le queda el deber de responder con tolerancia cero a este retozo simiesco de dos insensatos con más poder del que ningún humano debería poseer.

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