«SI FUESE por decir el invierno de las lágrimas negras», escribió el poeta Pere Gimferrer en un verso de homenaje a Galicia. El poema se titula Fisterra y formará parte de un libro que se editará muy pronto, en el que varios escritores y músicos catalanes empuñan el pico y la pala de las palabras contra la desolación de la marea negra. No es la única iniciativa de la Plataforma Nunca Máis de Cataluña, ni probablemente la más rentable en términos económicos, puesto que la lírica no cotiza en el mercado de valores, pero sí la que acaso se siga oyendo cuando el alquitrán deje de ocupar cabeceras informativas, aunque continúe ocupando las playas; la que todavía permanezca cuando el fuel del Prestige deje de abrir telediarios, la que llegue al fondo de nuestra conciencia donde se activa la emoción o la ira y la belleza, que son atributos limpios de la poesía. «Si todos nosotros somos la mirada y el viento», vuelve a decir el poeta, y entonces casi se pueden oír los primeros acordes de Plany al mar de Serrat en un café de la Barceloneta o en una terraza de la Plaza Real, y también pueden distinguirse otras voces: la de Lluis Llach en Un pont de mar blava y la del escritor Juan Marsé por el barrio de Monte Carmelo o la de Vázquez Montalbán y las de muchos, rostros anónimos que habitan la Galicia de la diáspora y que también han querido dejar su huella en este libro. Emigrantes y poetas de una Barcelona de piel naviera que escribe tinta en las aceras de las Ramblas. Desde la distancia las cosas se ven aún con mayor inquietud. Las imágenes lunares que las cadenas de televisión han ofrecido del litoral gallego, con pescadores convertidos en mineros que vuelven negros del mar, adquieren en la retina una magnitud que acrecienta la impotencia y la sensación real de desamparo. No hay una sola ciudad de la Península, ni de Europa ni de América, donde los gallegos residentes no se hayan repetido mil veces por teléfono unos a otros la misma consigna: «Hay que hacer algo». La cuestión, si se piensa, revela una lucidez tan triste como demoledora porque muestra la evidencia cada vez más incontestable de que a estas alturas ya nadie confía en el Estado. La solidaridad es el caballo más noble que ha galopado nunca por esta costa abandonada, como el rayo de plata que una vez atravesó la niebla dormida de Brocelandia. Pero su fuerza no tiene que ver con la caridad, sino con el orgullo. No se trata de una actitud compasiva, sino resistente. Una forma propia de estar de pie, pensando o descostrando alquitrán, o escribiendo versos que también son campos de batalla. Así lo entiendo yo mientras leo, de regreso a Galicia, este fajo de poemas y me doy cuenta de que cuando a un país le revientan las costuras, puede cambiar más deprisa que el paisaje tras la ventanilla del tren. Con la primera luz de la madrugada, el Talgo cruza las nieblas de Ourense y después avanza hacia la ría de Vigo. Levanto los ojos de las cuartillas y el rayo de plata restalla en el horizonte: «Si todos nosotros somos la mirada y el viento...».