NO SE TRATA de un deseo. Es una evidencia. Afrontamos el nuevo año con una guerra a fecha fija, que, además de tener unas consecuencias desastrosas y causar miles de muertos iraquíes, expresa la grave crisis de un mundo cruzado por una profunda crisis económica y por la apertura de una nueva era en las relaciones internacionales guiada por la doctrina de la «guerra preventiva». Sabemos que resultan irrelevantes los informes que efectúen los inspectores de Naciones Unidas sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak porque la decisión de agredir obedece a otras causas. Ya sabemos que Sadam no es partidario de la pulcra democracia británica, pero ello no justifica la degollina que caerá sobre los ciudadanos de Bagdad. Los gobiernos democráticos, entre ellos el nuestro, asisten impasibles al anuncio de la orden ejecutiva dictada por el presidente de los Estados Unidos para que la CIA asesine, allí donde se encuentren, a ciudadanos sospechosos de actividades vinculadas al terrorismo. Sin tribunal, sin derecho de defensa, sin juez, sin leyes. Ahora ya sabemos quién le sugirió a Ariel Sharon tal táctica para eliminar a dirigentes palestinos. Todo esto nada tiene que ver con el legítimo derecho del pueblo estadounidense a defenderse del terrorismo. Simplemente se trata de desembarazarse de las molestias que produce el Estado de Derecho para poder actuar al margen de la ley, dentro y fuera de los EE. UU. ¿Acaso no es una práctica de guerra sucia condenada por decenas de tratados internacionales? Jamás ha gobernado en Washington un equipo de halcones que muestre tal desprecio por los impulsos civilizadores de la democracia basados en el respeto y defensa de los derechos civiles individuales y colectivos. Y, por favor, no me hablen de «antiamericanismo primario». No es preciso que las embajadas estadounidenses convoquen a profesores universitarios, intelectuales y periodistas, para preguntar acerca de las razones de la ola de antiamericanismo que recorre Europa. Sólo es preciso situarles ante un espejo para que se contemplen. Los europeos no tenemos sentimientos antinorteamericanos. Son las actitudes de algunos de sus responsables políticos las que generan unas reacciones de alejamiento e incomprensión. Afortunadamente, siempre ha existido entre los intelectuales estadounidenses una corriente más corrosiva con ellos mismos que cualquier opinión ajena. El problema es que algunos habitantes de la Casa Blanca nos recuerdan más al sargento de La chaqueta metálica , o al general enloquecido de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? , de Kubrik, que a líderes mundiales conscientes del poder del que disponen desde la primera potencia del planeta. Y me pregunto, ¿podemos hacer algo?