CONOZCO a gente, de cuya buena voluntad no me cabe la menor duda, que en relación a la crisis originada por el naufragio del Prestige , sugiere, a veces enfáticamente, la necesidad de superar la presente situación de confrontación social con el Gobierno para comenzar cuanto antes a formular las soluciones de futuro indispensables para superar esta terrible tragedia. Creo, sin embargo, que su indiscutible buena fe constituye un acto de voluntarismo muy alejado de la realidad social que vive el país. Cuando un presidente de Gobierno tiene que venir a Galicia casi a hurtadillas y se ve obligado a permanecer recluido en un búnker aislado de los ciudadanos; cuando el presidente de la Xunta no puede comparecer en público, salvo parapetado tras los miembros de la Casa Real, e incluso en esas circunstancias es abucheado; cuando no existe evento social, cultural o deportivo en el que no se pida la dimisión de los gobernantes, debemos admitir que algo muy serio está pasando, que la herida abierta en nuestra sociedad es muy profunda. Porque no estamos ante una simple discrepancia, consecuencia natural del pluralismo político y social, sino ante una situación novedosa, en la que una parte muy relevante de la sociedad no sólo ha retirado su confianza al Gobierno, sino que le ha perdido el respeto. Planificar el futuro, para dotar de un horizonte de esperanza a Galicia exige superar el divorcio actualmente existente entre la ciudadanía y las instituciones, así como reconstruir el imprescindible consenso nacional, a partir del cual podamos tomar decisiones políticas, económicas, presupuestarias e internacionales de gran calado, sin las cuales no será posible la reconstrucción del país. Pero el reencuentro entre los ciudadanos y su gobierno sólo podrá lograrse plenamente a través de un nuevo proceso de legitimación democrática, devolviendo la palabra a los ciudadanos, para que éstos puedan decidir libremente quiénes deben dirigir y liderar la salida a la difícil situación en la que nos encontramos. ¿O es que alguien cree que los mismos que transformaron un accidente en catástrofe, que nos mienten sistemáticamente e incluso nos molestan diariamente con sus declaraciones, pueden restablecer el consenso social? Si Fraga y Aznar tuviesen un solo gramo del patriotismo que proclaman, asumirían sus responsabilidades y convocarían elecciones anticipadas con el fin de restablecer la confianza perdida en el Gobierno y las instituciones. No ahora mismo, claro. Pero sí una vez estabilizada la situación, al término de la actual fase, todavía dinámica, de lucha contra la marea negra. Pero si he de decirles la verdad, no tengo la menor esperanza de que tal cosa ocurra. Su idolatría por el poder hace imposible que Fraga tome semejante decisión. Tampoco Aznar posee una personalidad proclive a reconocer sus errores, ni a tolerar la discrepancia y la crítica. Su ridícula prepotencia le impide ver que el desarrollo de esta crisis está proyectando su exacta dimensión política: la de un hombrecito insignificante que, utilizando palabras de Churchill, sólo tendría motivos para ser modesto. Quizá tengamos que esperar a que el resultado de las elecciones municipales les haga entrar en razón. Muy a su pesar.