Tragedia interminable

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

A PESAR de la abrumadora y, en general, cualificada información vertida con motivo de la catástrofe que nos tiene monotemáticos, uno tiene la sensación de que está todavía por escribir esta gran historia, esta descomunal historia que reúne todos los ingredientes de las tragedias, algunas pinceladas de las comedias bufas, y el empaque de los dramas. Esta concatenada suerte, mala, de decisiones frívolamente adoptadas, de menosprecio inicial de la envergadura de la avería, de gestos de avestruz con los que tratar de ganar al tiempo, y de arrogancia chulesca, actúan como la sal gruesa espolvoreada en la llaga abierta de una ciudadanía herida y que no se cabrea más porque no tiene tiempo, empeñada como está en retirar la mierda sin tregua. Trillo, que levita cuando recita al alba con fuerte viento de levante, fuerza 35 nudos, no es capaz de desplegar el Ejército en el minuto uno del partido. Y eso cuando en la campaña publicitaria que el propio Ministerio de Defensa pone en pie, para tratar de ganar una leva que el mismo contribuyó a vaciar, se hace hincapié en la estética oenegé que tanto cala entre los jóvenes. Qué mejor campaña, qué mejor anuncio, gratuito, de inserción obligatoria y de impacto en las retinas de los jóvenes, que haber puesto a los soldados a embadurnarse en un auténtico servicio a la patria, es decir, a los españoles, o sea, a los gallegos. Me cuentan que conspicuos y públicos votantes del PP de toda la vida, se desgañitan en las manifestaciones contra los gobiernos formados por su partido; que , en los primeros momentos, algunos miembros más sensibles del ejecutivo dieron la voz de alarma con el irrefutable argumento de que nuestra gente está muy irritada a pesar de lo cual esta información clave no fue suficiente para espolear las amodorradas conciencias. ¿Qué ha pasado para que un partido que se comía la hierba en la dura temporada del 93-96, haya entrado en tal estado de flojera? Muy posiblemente que cada gobierno tiene su colza, o su corrupción, o su sensación de vértigo, que se manifiesta cuando el protagonista percibe que la ola trabajada por el tiempo le lleva a uno y no al revés. No se ha manejado por los responsables políticos buena información desde el primer momento, se ha minusvalorado la que se tenía y se ha tratado de despejar, de patadón y a la grada, un asunto que exigía sacar el balón jugándolo con mimo desde la defensa, por todo el equipo, con el capitán a la cabeza, aunque solo fuera para constatar el desastre y tocar zafarrancho. El caso es que crece el vértigo entre los ciudadanos, aumenta el abatimiento entre los políticos con sensibilidad y se instala la certeza de que nada volverá a ser igual en Galicia. Cambiará, muy posiblemente, la forma de hacer política en esta comunidad y ojalá a partir de ahora se termine con vicios clientelares, con esquemas caciquiles, con modos prepolíticos. A pesar de la tragedia de ayer, con un joven guardia civil asesinado por el terrorismo nacionalista, otro consuelo surge de esta experiencia límite: Galicia también existe, existen otras regiones de España que no necesariamente calzan chapela nueve milímetros parabellum. Los periodistas, que tendemos a cansarnos de los temas incluso antes que nuestros lectores, comprobamos cómo cada día el asunto crece, como cada día hay una historia con más potencia informativa, con más temperatura humana que el anterior, como la gente está enchufada a la información y devora todo lo que se escribe, dice o se pone en imágenes. Esta certeza, poco común en nuestro país, confirma, hasta el aburrimiento, hasta qué punto esta es la historia que marcará la vida de decenas de miles de gallegos, de decenas de miles de españoles.