En un lejano territorio

OPINIÓN

CUANDO aquel gobernante de aquel lejano país llegó al poder, los juglares le preguntaron: «Señor, ¿qué queréis que sepan los ciudadanos de vuestro mandato?». Y el gran líder les dijo: «Quiero que los súbditos vean una nación en paz, sin tensiones ni protestas sociales». Los juglares se retiraron a sus aposentos a meditar cómo complacer a su señor, y encontraron la fórmula: no cantar en sus romances las protestas, pues podrían ser altamente contagiosas para el resto del pueblo, que estaba satisfecho con la prosperidad alcanzada. Pasados los años, se había conseguido un país pacífico, porque la sociedad lo había querido así, y los asuntos de la gobernación marchaban razonablemente bien. Hubo alguna protesta, que sus adversarios llamaron «huelga general», pero ministros y juglares la consideraron inexistente. Más tarde llegaron desgracias imprevistas. Un territorio lejano a la Corte se vio sorprendido por una catástrofe que desoló a las gentes y destruyó la economía más tradicional de los mares. El gobernante hizo convocar a los profetas y a los gurús, pero ninguno tenía soluciones. Incluso uno de ellos dijo claramente a los ciudadanos que no se le podía exigir, humano como era, que fuese profeta. Los ayudas de cámara le aconsejaron al gobernante que se acercase a los desvalidos por la tragedia y les llevara consuelo. Y él decía: «Me acercaré cuando tenga soluciones». Y un día, cuando mayor era el clamor, se acercó al territorio castigado. Se reunió con el virrey y otras gentes pacíficas. Les llevó soluciones administrativas. Pero los historiadores, según se puede ver en documentos de la época, se quejan de que no se acercó a las personas. ¿Por qué?, se le preguntó a uno de los testigos del momento. Y ésta fue su explicación: «El gobernante había hecho tan buena gestión, que no quería que su imagen final fuese la de un hombre de Estado rodeado por la protesta de su pueblo». Se les comunicó a los afectados, pero ninguno lo entendió. Todavía hoy siguen sin entenderlo.