LA FALTA de reacción y reflejos en los primeros momentos de la tragedia, y la ausencia de sensibilidad cuando se comprobó que se había producido un desastre, enfangan ahora las reacciones de los gobiernos, también las buenas. La pesadilla ha adquirido velocidad de crucero y cada peldaño que descendemos hacia el Averno empeora la situación anterior y lleva implícita la certeza de que estamos mejor que estaremos en la próxima marea. Ahora lo más urgente es tratar de succionar la mierda que aún permanece engatillada en la bomba hundida. Bueno sería que la flota de expertos que parece que se han remangado para atajar las consecuencias del desastre estuviera lo suficientemente convencida de sus diagnósticos como para atreverse a firmarlos. De lo contrario, puede transmitirse la sensación de que, en vez de estar al pairo de análisis de expertos, estamos sometidos al diabólico azar de ocurrencias más o menos brillantes -y de consecuencias harto conocidas-, o, lo que es aún peor, al albur de decisiones precipitadas, tomadas por político tempestuoso dispuesto a disparar contra todo lo que se mueve y a citar al GAL cuando de fuel vertido se trata. Por lo menos ya han desaparecido las previsiones optimistas, que de forma torrencial y en régimen quizá de autoengaño, se repetían reiteradamente desde los primeros momentos; también se han relativizado algunos de los cálculos que de ser ciertos convertirían la panza del buque en una especie de chicle estirable a voluntad, en el que caben más o menos toneladas en función de los días. El tono vital de las últimas declaraciones refleja que los políticos han introyectado la preocupación por la gravedad de la tragedia que desgarra a los gallegos -y al resto de los españoles- y empiezan a estar más dedicados a paliar los efectos de esta ruina que a mirar de reojo lo que hace el contrario. Por muchas vueltas que le doy no consigo entender cómo en uno de los primeros vagones del primer mundo -es decir, Europa- siguen viajando impunemente bombas flotantes. Cómo es posible que sea más difícil saltarse la ITV con un vehículo chocheante por las carreteras españoles que transportar por barco fuel, productos químicos o elementos radiactivos en la opulenta Europa. El hecho de que, mientras se trataba de limpiar el vertido, apareciera en aguas asturianas un contenedor con supuestos residuos radiactivos a la deriva, pone los pelos de punta al imaginar qué no habrá en nuestras aguas más lejanas, que, aunque no las veamos, son, como la tierra, también de todos. Convertida la aparente plastilina juguetona en proyecto de marea negra, que fluye a la desbandada de manera realmente existente, sólo queda apuntar por orden riguroso el amplio catálogo de errores cometidos y hacer la lista de las penurias europeas que esta tragedia ha hecho aflorar y que demuestra que el tráfico de sustancias peligrosas está en manos de piratas. Se trata a partir de ahora de poner remedio a todos los elementos estructurales que hacen posible atentados contra el medio ambiente, contra la vida y las formas de vida, como éste que nos enfanga. No puede haber tamaño abismo entre el sentido común y el actual estado de cosas, lleno de trampas, que caracteriza el tráfico marino que fluye de manera densa, como el fuel, todos los días por el chaflán gallego. Sólo nos queda agarrarnos, cual náufragos, al compromiso y a la esperanza de que a partir de ahora cambien de forma tajante las condiciones en las que se produce el transporte de mercancías por vía marítima. Es vital para un país que ha tenido costas mucho antes que autopistas, líneas de tren o caminos asfaltados.