VAMOS mejorando. Con dificultades, pero mejoramos. No porque la catástrofe ecológica, económica y social vaya a menos. Todo lo contrario. Pero ya han empezado a reconocer los errores. O lo que es lo mismo, ya han comenzado a aceptar que mintieron. Las hilanderas de la catástrofe del Prestige quisieron tejer, con los «cuatro hilitos de fuel que salen del petrolero», un manto de mentiras. Y fracasaron. El reconocimiento del presidente Fraga, a través de las páginas de este periódico, de que estuvo de cacería, aunque poco pero que estuvo, y cuestionando el alejamiento del petrolero de las costas; las reiteradas marchas atrás del vicepresidente Rajoy y la tremenda comparación del cazador Cascos de que el Prestige es el Chernobyl español, supone un avance importante. Quienes se han pasado veinticinco días empecinados en que actuaron correctamente, que dieron la cara, que lo del Mar Egeo fue peor y que es perfectamente compatible la escopeta con la toma de decisiones, se han rendido. No todos. Pero, al menos, algunos de los más directamente implicados. Y ahora, veinticinco días después, comienzan a reconocer los errores. Va a resultar divertido ver como rectifican todos los integrantes del coro de palmeros y de la rondalla de guitarreros que los acompañaron en su desbocada carrera de falacias. El estadista alemán, Otto-Leopold Bismarck dijo que «nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante la guerra y después de una cacería». Tenía razón. Pero el reconocimiento público de lo que se vino negando con firmeza, aunque supone un avance, no puede resultar suficiente. Este tipo de actitudes han de llegar acompañadas de otras decisiones que nadie por el momento parece dispuesto a adoptar. Y tienen que hacerlo. Y cuanto antes, mejor.