HOY, CUANDO doblo las cuartillas de notas de la semana, te miro a ti, mujer de las Rías. Y a ti, mariñeiro de mi tierra. He recortado vuestras fotos publicadas para guardarlas con orgullo y enseñarlas algún día a mi hijo, que hoy todavía no sabe hablar. Estáis ahí, con el rostro salpicado de la mierda de ese barco. Con las manos desgarradas de luchar contra océanos y desidias. Con los brazos embadurnados del chapapote de la incuria. Con el alma herida de miedos y de iras. Pero con la grandeza de haber salvado tu mar; de haber salvado mi tierra. Porque has sido tú, brazo a brazo, persona a persona. Tú has salvado la primera embestida de la bestia, de la ola negra. Te has conjurado para no dejarla pasar a la ría, que es el huerto de tus padres y la herencia de tus hijos y es tu vida y es tu tumba. Y has arrancado toneladas de fuel de las playas y las aguas. Y has desafiado a las olas y a los vientos cuando el Poder decía que los vientos no dejaban trabajar a la tecnología. Y no has necesitado los ejércitos que tardaron veintidós días en llegar, ni complicados diseños logísticos, ni más coordinación que tu sentido común y tus ansias de trabajar. ¡Eh, políticos!: mirad ese pueblo. Su moción de censura son sus manos. Su discurso sobre la eficacia y la sensibilidad está en arriesgar su vida por salvar la de todos. ¡Que salgan los sociólogos que han dicho que el pueblo gallego es individualista! ¡Que salgan los tópicos de la resignación histórica! Este cronista, emigrante y cercano, se quiere acercar hoy a ti, mujer, hombre, niño de las Rías, para darte las gracias: has demostrado el valor del coraje y la fe. Para reconocerte: hace falta mucho amor a ese mar y a esas riberas para un esfuerzo tan sobrehumano. Para ensalzarte: prometo, juro, que es un honor poder decir al mundo que soy paisano tuyo y que hablo tu idioma. Esa es la intención de este humilde, de este mínimo homenaje de papel.