Indocumentado

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

EUROPA no funciona. Los países que la componen son diferentes de más. Ya tenía yo ciertas sospechas de la deriva que tomaba el continente cuando uno de sus miembros se negó a que otros le ayudaran a paliar los desastres de la mayor catástrofe marina de la Historia, y quise creer en las palabras de Díaz Cañete, superministro de la pesca: «Afortunadamente, la rápida intervención de las autoridades españolas alejando el barco de las costas han permitido que no temamos una catástrofe ecológica ni grandes problemas para los recursos pesqueros». De modo que no me creí los comentarios de la prensa francesa, que achacaba el desastre a la desidia del Gobierno o a la diferencia de culturas. Los franceses son cartesianos y racionalistas y mandan fragatas con antidetergentes, mientras que nosotros, reserva espiritual de Europa, nos remitimos a lo irracional: «Dios y Santiago nos van a ayudar», como dijo nuestro presidente. Empecé a barruntar que lo inconcebible se debía a un asunto de vanidad o poder, que llaman competencias -me toca a mí, es asunto tuyo y las playas sin barrer. Me puse a discurrir e incluso me desplacé de París a Compostela para analizar la situación in situ y no dejarme guiar por la rabia. Desinterés hubo, desidia más aún, e igualmente diversiones cinegéticas en medio de la tragedia. Al fin me ancló un convencimiento: no lo hicieron (dejaron de hacer), por soberbia o vanidad -al fin y al cabo sentimientos humanos y comprensibles-, sino por estulticia. Uno de estos prohombres, cuyo nombre he de callar (no lo quiero ni ignorar), aseguró que a la manifestación a la que fui, una de las más numerosas que se conocen en la historia de Galicia, concurrieron unos dos o tres mil indocumentados. Me pregunté qué clase de gendarmes, de qué suerte de aduaneros dispone Europa para dejar entrar en España a gentuza sin papeles, y andar por sus países como Pedro por su casa, en tiempo de guerra y terrorismo, a desgraciados como Wozniak, el mejor dibujante de Francia, a la encargada de prensa neozelandesa Christine, a Manu Chao y a mí. Vuelvo a Francia con la misma impunidad incomprensible. En el avión leo en La Voz de Galicia, La Vanguardia y El País que los indocumentados seríamos entre ciento cincuenta mil y doscientos mil, lo que me confirmaron ampliamente en Francia todas las televisiones, Le Monde y otros medios nada sospechosos de superficialidad. Me sentí aliviado por haber estado en compañía de gente cercana. Y todo esto me confirma que con administrativos de este calibre, Europa no puede hacer camino. En primer lugar, al personaje innombrable hay que enseñarle a calcular. Desde lo alto de su oficina, o en su coche oficial, se habrá hartado de contar personas, cuando un gallego de a pie o de corredoira sabe que en caso de lluvia lo que se deben contar son paraguas. La gente de nuestra tierra es muy ecónoma, y de la misma manera que la influencia de un periódico se mide por el número de lectores y no de compradores -no lo ignoran en La Voz-, la importancia y repercusión de una juntanza de este tipo (gallega y lluviosa) hay que deducirla multiplicando por cuatro o cinco el número de paraguas. Lo que más me molestó es que el individuo de marras, subidito en sus arsenales y despreciando la angustia que hemos conocido y conocen los que se encuentran en otra situación, nos haya llamado indocumentados. Me retrotrae a las peores épocas del franquismo, cuando salí de España. Al poco tiempo de estar aquí, cada tres meses (plazos que tenía para justificar la residencia), vivía con la angustia de que me iban a expulsar por no conseguir los papeles. Ahí estamos ahora, con estos señores y los de su partido (utilizo el término en sentido cervantino) que no se limitan a insultar, sino que con sus palabras dan marcha atrás a la historia. Es normal que por lo menos los doscientos mil indocumentados aspiremos a más consideración, los ignoremos y no queramos verlos más.