Pintar o no pintar

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

¿QUÉ HABRÍA sido de la historia si los llamados acontecimientos históricos hubieran sido otros, protagonizados por otras personas y estimulados por otras causas y azares? ¿En qué y cómo habría cambiado el curso de la historia si quienes la decidieron se hubieran visto en otras circunstancias y se hubieran movido con el impulso de otros motivos? Tales son, más o menos, los interrogantes de un entretenimiento cultural con ciertos visos académicos cuyo argumento básico se centra en la solvencia de las hipótesis frente a la realidad de los hechos consumados. Así, por ejemplo, cabe establecer o imaginar por donde habrían ido los tiros si Francisco Franco Bahamonde hubiera aprobado el ingreso en la Armada. Otra cosa es ponerse a imaginarlo, y con respecto a Franco nadie parece haberse puesto a ello. Tampoco se ha planteado lo que habría sido si Lenin, Stalin o Mao hubieran tenido otros ingredientes en sus caracteres y personalidades, u otras determinaciones en sus circunstancias. Quien sí resulta, por lo visto, más rentable para ese tipo de hipótesis es Hitler, a partir del momento en que todas las partículas y estructuras de su destino -y del nuestro- coincidieron en el veredicto de que era un mal pintor o, mejor dicho, un aprendiz de pintor por el que nadie dio un duro. El Williams College of Arts de Williamstown, Massachusetts, mostró el verano pasado una exposición en la que bajo el título Arte, política y Hitler durante sus primeros años en Viena, 1906-1913: El preludio a una pesadilla , se exhibieron sus pinturas, de las que Paula, hermana del Fuhrer, dijo que servían para expresar el origen del antisemitismo de Hitler, pues el pintor despreciado acusó de su fracaso a los judíos que dominaban el mercado del arte. La editorial Overlook Press pondrá a la venta el mes que viene el libro de Frederic Spotts titulado Hitler and the Power of Aesthetic , en el que se analiza hasta qué punto el fracaso artístico de Hitler le llevó a la realización de un diseño de la realidad en el que la estética del crimen se adueñó de la razón de Estado. Y por los mismos días se estrenará una película, Max , una película producida por la Pathe y el Film Council of Britain, dirigida por Menno Meijer y protagonizada por Noah Taylor en el papel de Hitler y John Cussak en el de Max Rothmann, el ficticio galerista judío que intentó vender los cuadros de un pintor invendible. La estética de Hitler en el poder tiene mucho de una magnificencia operística en la que el estilo pompier se alía con el arte egipcio. Sus cuadros entrañan, por el contrario, ese candor bucólico, relamido y pinturero desde cuyos principios el Fuhrer acusó a los pintores contemporáneos de «imbéciles degenerados», «majaderos, incompetentes y locos», «criminales culturales» y «destructores del arte». Si Hitler hubiera triunfado como pintor, puede que hubiera llevado a cabo el asesinato secreto, sigiloso y en serie de los colegas a quienes detestaba. Fracasado en su vocación artística y glorioso en su delirio político, decidió vengarse de todo el amplio mercado que no le había hecho caso, y se transformó en un asesino profesional y masivo. En esta vocación no le faltaron clientes.