¿QUÉ PASARÍA si Fraga asumiese las responsabilidades del caos generado por el Prestige y anunciase hoy mismo su dimisión irrevocable? ¿Qué ganaría Galicia si, considerando intolerable el episodio de Aranjuez, forzase al presidente a adelantar las elecciones? ¿Qué harían el BNG y el PSOE si el PP aceptase sus exigencias y les diese la remota posibilidad de tomar la alternativa? Mejor es no pensarlo siquiera, ya que la sola mención de tan razonable hipótesis nos obligaría a fletar otro Prestige , cargado de gomina, para poder dominar los pelos de punta de millones de gallegos. Por razones que no entiendo, los gallegos llevamos más de veinte años apostando por una democracia de partido dominante, con una oposición que no pasa del puro nivel de adorno y considerando revoltosos e indeseables a los que tratan de quebrar el modelo y abrir las puertas a una democracia de calidad. La idea de que el PP es insustituible está arraigada en nuestros genes, y sólo aceptamos el desarrollo de otros partidos o coaliciones mientras no cuestionen la estabilidad del poder. Muchos gallegos creen -¡vaya ironía!- que necesitamos gobernantes que nos prestigien, y que, sin la providencial presencia de valedores, nunca habríamos disfrutado de los escasos chispazos de modernidad que se notan por aquí. Y por eso no queda más remedio que darle la razón a Manuel Fraga y reconocer que la gente quiere que se quede, y que nadie se atreve a pensar en una crisis que sólo podría llevarnos al vacío de poder. La oposición no sabe ni quiere crear una auténtica alternativa, y, en medio del caos y el desprestigio general, sigue dando más importancia al pulso que se dirime entre las escuálidas izquierdas que a la tarea de crear una coalición de poder de amplia base social, capaz de hacerse con las riendas del Gobierno, airear sus aposentos y librarnos de esta insoportable sensación de impunidad con que premiamos la desidia y la incompetencia. Las elecciones responsables y la creación de estructuras de poder eficaces sirve para casos como este. Y por eso hay que decir que una sociedad que apuesta por el paternalismo y el clientelismo carece de los instrumentos necesarios para afrontar una crisis que, en vez de ser resuelta politicamente, tiene que ser digerida en crudo por una sociedad invertebrada y ninguneada. Lo que nadie puede negar es que Galicia tiene lo que quiere y lo que tanto tiempo lleva trabajando. Y que, ante la simple hipótesis del abandono de Fraga, no nos queda más remedio que humillar la cabeza y pedírselo a gritos: «Quédese, don Manuel, no nos deje!». Porque su salida y nuestra desidia nos dejarían al pairo, cubiertos de petróleo y con el culo al aire.