POSIBLEMENTE, ningún marco más apropiado que Praga para esta ampliación de la OTAN. De una parte, porque testimonia sobre el giro copernicano experimentado en siete lustros por la realidad política europea y mundial, ya que, en l968, entraban en Checoslovaquia los carros de Breznev, acababan con la Primavera de Praga y establecían en el Este de Europa -que casi en bloque entrará en la Alianza Atlántica- el principio rector de la soberanía limitada. De otra parte, porque la propia OTAN, con un cambio cuantitativo de esa naturaleza y escala, se aboca necesariamente a otro cambio, cualitativo: se rompe la condición simétrica -en los nuevos miembros- entre adhesión política y aportación militar, por razones obvias de tamaño y potencial; y se pone sobre la mesa una reconversión palmaria de sus principios operativos y de sus propósitos defensivos. La asunción por la OTAN de la idea de guerra preventiva, de genética ideológica localizada en las incubadoras de la derecha norteamericana más radical, cierra y extrae las consecuencias finales del fin de los bloques militares y del propio sentido del principio de disuasión armada: no hay disuasión, sino persecución preventiva. Al propio tiempo, establecido como queda que el enemigo es el terrorismo internacional y que éste no se materializa como Estado, sino como una práctica apoyada en unos u otros Estados, la consecuencia que se establece es contundente. Sin embargo, la cuestión iraquí no ha sido formalmente planteada. ¿Habría merecido consideración en Praga la idea de que existe un «terrorismo ecológico», en el que se combinan contrabandos de carburante y lucros inaceptables de navieras/armadores; que daña patrimonios naturales y puestos de trabajo, merecedores de defensa internacional: igualmente preventiva, y militar cuando resulte necesario?