ALEJAR de la costa el tránsito de los miles de buques que, con mercancía letal, casi acarician a diario nuestras playas parece una medida tan positiva como necesaria. Por eso está en boca de todos, legos y no legos en trasporte marítimo o en lucha preventiva contra la contaminación. De todos menos en la del director general de la Marina Mercante, que acaba de decir, en medio de la estupefacción general, que tal medida «no sería operativa». ¿Por qué? Del mero sentido común se desprende todo lo contrario. Que en un mar como el de Fisterra se fije a esa especie de corredor de la muerte el ridículo límite de 21 millas de separación parece una broma. Por ahí circulan no sólo miles de toneladas de gasóleo y fuel, sino también de gas natural, como el del gasero argelino Ramdane Abane , que en enero del año pasado estuvo a punto de hacer reventar Muxía. O de plutonio, como el transportado por el Pacific Pintail . El corredor se fijó en 1990 por la Organización Marítima Internacional, pero se ha quedado obsoleto en su distancia de la costa. El Parlamento de Galicia ha instado repetidas veces una mayor separación, la última, si bien recuerdo, en febrero del pasado año. Sin éxito alguno, claro es. Vuelve ahora esta demanda, formulada esta vez ante Bruselas por representantes de todos los grupos en el Parlamento Europeo y por el propio vicepresidente Rajoy, que anuncia que el Ejecutivo va a negociar de inmediato tal alejamiento. ¿Estarán todos ellos, y los sindicatos y la Confederación de Empresarios de Galicia, pidiendo una medida no operativa ? No es operativo nada más que aquello que no sirve, que no es el caso, o bien aquello que no se quiere o no se puede conseguir, que sí es el caso. El transporte marítimo es hoy en día una jungla de voracidades económicas, que se amparan en los resquicios que deja el Derecho internacional y con frecuencia en la dejadez de los propios Estados. Por ahí se cuelan la codicia, los abusos a las tripulaciones, el agio sin escrúpulos, el contrabando de Estado, los trasvases tolerados de crudo a pocas millas desde buques nodriza a petroleros ancianos con banderas de conveniencia y hasta la impunidad o el retraso desesperante en el abono de las indemnizaciones por los daños causados. ¿Es que todo esto no tiene solución?. La legalidad se hace impotente si no hay voluntad de cumplirla y exigirla. En Fisterra los buques no respetan con frecuencia ni siquiera las veintiuna millas, para ahorrar combustible -dicen- tomando un atajo que nadie vigila. Por eso da mayor coraje oír de algunas autoridades que «si se aplicasen las normas, esto se podría haber evitado» o de Chirac abroncando a los Estados por su laxismo en la lucha contra estos barcos basura, cuando también la UE está metida de hoz y coz en esta responsabilidad. ¿O es que la misión de los poderes públicos es sólo dictar las normas, desentendiéndose de su cumplimiento? No tenía razón Eugenio D'Ors cuando, asomado al cabo de Fisterra, decía que «no se ocupa impunemente un palco proscenio en el gran teatro del misterio». Aquí no hay ningún misterio. Hay desolación y abandono a conveniencia de alguien, como las banderas. Y, por cierto, ¿no sería este el momento de exigir de la UE que Galicia sea sede de la Agencia Europea de Seguridad Marítima?, ¿quién con más dolorosos méritos y lamentable experiencia?