El arte del disimulo

OPINIÓN

«DESDE la Corte» como llamo a esta columna, se ve una Galicia impotente. Aunque el Consejo de Ministros haya aprobado las medidas que aprobó; aunque el presidente Fraga haya comprometido su autoridad y palabra para que las ayudas económicas sean rápidas, se imponen las evidencias que comunican los medios informativos, singularmente La Voz de Galicia: la lucha contra la marea negra tiene algo de caótica y la descoordinación resta eficacia a las labores de limpieza. Sólo hay un atenuante: la mala suerte atmosférica, el temporal de lluvias y vientos. Pero lo ocurrido hasta hoy indica -al menos visto desde la distancia- que no se ha operado con previsión y eficacia. No es comprensible, por ejemplo, que los barcos que vienen a ayudar de otros países de Europa no hayan llegado cuando se cumplen diez días del accidente. Y sólo hay una explicación: quien los tuvo que pedir, los ha pedido tarde. Hubo más rapidez en ponerse a denunciar a Gibraltar, por nuestro atávico empeño de buscar un «enemigo exterior», que en ponerse a trabajar. ¿Qué explicación tiene esto? A mi juicio, sólo una: que las autoridades han pensado sinceramente que la situación no era ni nunca sería grave. Había un barco accidentado, con 77.000 toneladas de fuel, pero no había nada que temer. Lo dijo el ministro del ramo, el señor Cañete. No ha sido por mala intención, faltaría más. Ningún ministro tiene mala intención. Lo que tiene es desinformación. Y un extraño instinto que les lleva a negar lo que contemplan los demás ciudadanos. Lo suyo es disimular, aunque se esté hundiendo el mundo. Y eso les conduce, con frecuencia, a creer su propio disimulo. Al final, cuando la fuerza de los hechos se impone y no pueden disimular más, el daño está hecho. Se llega tarde a todo. El tiempo político (tiempo de largo plazo) choca con el tiempo de las gentes del mar. Por una razón muy sencilla: tienen que comer todos los días.