EL ORIGEN de lo que sea que sea la identidad puede perderse en el principio de los tiempos o en el rincón más remoto de esa trenza de aminoácidos que es el ADN. Es una localización tan imprecisa como todo lo que se sabe que está aunque no se sepa dónde. De lo que ya no se sabe tanto es de lo que pasa al otro extremo de esa línea imaginaria que va del origen de la identidad al futuro de la misma. Así, Giscard d'Estaign, presidente de la Convención sobre el Futuro de Europa, ex presidente de la República Francesa y hombre ducho en enjuagues con dictadores centroafricanos, asegura que la incorporación de Turquía a la Unión Europea mermaría la «identidad europea». Y Jordi Pujol, presidente de la Generalitat de Cataluña y hombre con una historia bastante más agradable que aquel, asegura que «los europeos temen perder su identidad por la globalización». Es como para pensar que la identidad siempre anda en danza, que no sabe estarse quieta y que no hay modo de que deje de sentirse más amenazada que una virgen en un burdel. O esa es la imagen que pretenden dar y dan quienes más se preocupan por ella. Es gente reacia a definir con exactitud y señalar lo que es la identidad y en qué consiste, si bien muy inclinada, por el contrario, a designar aquello que, según ellos, la amenaza y la puede mermar e incluso violar, llegado el caso. Ante la amenaza turca que hace temblar a Giscard, uno recurre a la experiencia propia y recuerda que en Hungría, por ejemplo, hay mucho más de Turquía que de Francia, mientras que en San Petersburgo (ex-Leningrado) hay mucho más de París que de Estambul o de Ankara; y ya puestos, uno puede incluso recordar que Arquímedes nació en Turquía cuando aquel lugar donde nació aún no era Turquía ni Europa era Europa, ni nadie sabía a ciencia cierta en que mapa había nacido porque, entonces, lo más cercano al ámbito de la identidad tranquila era lo que quedaba dentro de la distancia que un hombre podía recorrer desde su casa hasta donde le llevaran los pies o hasta donde alcanzara a lomos de una bestia y a lo largo de una jornada. Y ni aún así. Ahí está el caso de lo bien que se llevan los de Albacete con los de Murcia, los sevillanos con los cordobeses y estos con los granadinos, los de Cambados con los de O Grove y, sin movernos de casa, los de O Grobe con los de Noalla, hasta el punto de que una boda entre un chico de allá con una chica de acá, anunciada en una dorna ignífuga, va a dar lugar a una película plenamente multicultural Lo de Pujol en cuanto a la amenaza de la globalización parece más metafórico y abstracto, aunque también se pliega a lo incómoda que le suena la hipótesis de una Turquía en Europa. Pero se olvida de que Europa ha sido un espacio sumamente incómodo para si mismo salvo en los últimos cincuenta años. Antes de ese periodo, Europa fue una escabechina para quienes habían nacido entre sus mares. Hay más identidad europea en la Guerra de los Siete Años, de los Treinta, de los Cien Años, que en la buena voluntad del último medio siglo. Giscard debería saberlo, y Pujol, recordar los tiempos de Roger de Lauria o del buen rey Fernando.