LOS TEMORES se confirman. La expresión del veterano percebeiro recostado sobre la pequeña barra de la taberna de Santa Mariña, con alguna lágrima en los ojos, con la vista perdida en las próximas aguas del gris Atlántico, va adquiriendo carácter de magistral sentencia: «Isto non fixo máis que empezar». A pesar del ímprobo esfuerzo de los profesionales de Salvamento Marítimo, que en maratonianas jornadas dan prueba de su eficacia y experimentado buen hacer, las cosas no parecen haber hecho más que empezar. Al margen de esta conducta encomiable no puede silenciarse el controvertido papel que las autoridades vienen desempeñando. El largo rosario de declaraciones, con algún engominado político con poses y actitudes más bien fuera de lugar, no parece que tengan más finalidad que la de la imagen. Decir tarde y con mal talante lo contrario de lo que la realidad va demostrando no permite adquirir las dosis de tranquilidad recomendadas. Porque los hechos merecen el análisis de los penitentes administrados. Para empezar, analícese el tiempo transcurrido entre el SOS lanzado a las 15.15 del día 13, a tan sólo 28 millas al oeste del cabo Finisterre, y la intervención. La ruta (cuanto más corta más productiva), los obstáculos climatológicos, a los que luego se imputa la causa del accidente, no son impedimento alguno para que los mercenarios transportes de materias peligrosas bordeen y vulneren a diario la legislación internacional del tráfico marítimo. Nuestras autoridades en la materia hacen mutis por la popa. Lamentable imagen la de las autoridades competentes dando bola a las tretas y argucias de una capitán que con su oficio dilata la operación de rescate en defensa de los bienes de su armador y en detrimento de la salvaguarda debida a los intereses generales. Pero como la ley de Murphy acusa su vigencia, la situación mala es susceptible de empeorar. Aquí también. Después de que el buque había sido enganchado, se decide alejar cuanto antes la programada bomba de relojería. Ayer, con el mar en otras condiciones, los expertos aconsejaban iniciar la operación de trasvase a fin de desactivar cuanto antes el verdadero peligro. Pero no, las órdenes son otras. Alejar el peligro a toda costa, trasladando la venenosa carga, ahora sí, a 120 millas; igual que el ejemplar vecino que tira sus residuos en el incontrolado basurero al margen del camino y que luego es el primero en exigir calidad ambiental. Los mensajes de tranquilidad y control que se transmiten chocan con la nefasta realidad de las piedras percebeiras, a estas horas ya impregnadas de negro y lúgubre manto. La aldea camariñana de Santa Mariña ya ha recibido las primeras víctimas. Ejemplares de aves en peligro de extinción yacen sobre las rocas impregnadas del viscoso elemento. El Prestige , irónico nominativo, está logrando acrecentar la mala fama de la Costa da Morte. Costa en la que la vida se manifiesta con infinita magnitud; la muerte le viene casi siempre impuesta. El veterano y experto percebeiro de Santa Mariña sabe que la cosa no ha hecho más que empezar. Apura el último trago de su copa de aguardiente y, con disimulo, se seca las furtivas lágrimas.