18 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS GALLEGOS nos hemos vuelto a sentir solos. Desasistidos. Abandonados. Mientras el Prestige giraba frente a nuestras costas como un tiovivo, mientras asistíamos a una guerra de cifras sobre la distancia en que se hallaba, mientras intentamos cargarle el muerto a Gibraltar y mientras José María Aznar, en guayabera, aseguraba que exigiría responsabilidades, nuestras costas se han teñido de negro. Y los sectores pesquero y marisquero se han vestido de luto. Galicia se enfrenta a una de las grandes catástrofes ecológicas. Pero parece como si lo hiciera a una liviana tormenta de verano. Como si lo que está ocurriendo aquí no fuese más que un problema al que se le da solución con unos cuantos millones de euros. Galicia se ha tenido que enfrentar, prácticamente sola, a un desastre ecológico que nos deja daños irreparables en nuestro ecosistema marino y en nuestra ya debilitada economía. Y, sin embargo, estamos viviendo el drama en la mayor de las soledades. Es cierto que desde la distancia nos han enviado mensajes de sosiego. Que nos han intentado tranquilizar sobre la rápida y eficaz intervención del Gobierno. Pero no es menos cierto que hemos echado en falta la presencia de quienes con tanta frecuencia nos vienen a ofrecer inversiones, a decir lo bien que vivimos, lo afortunados que somos, y a recoger los aplausos y las insignias de las fiestas de la empanada y del mejillón. Los gallegos nos vemos abocados a recordar estos días la solidaridad de la comunidad internacional con ocasión de otros siniestros similares. Como los del Erika , los del Exxon Valdez , o los del Amocco Cádiz . Y compararlos con la soledad en la que estamos sufriendo este drama. Porque, como dijo el escritor y filósofo francés Gabriel Marcel, no hay más que un sufrimiento. Estar solo.