ESTE VERANO pasé algunos días de mis vacaciones en el País Vasco. Paseé por Bilbao, visité el Árbol de Guernika, me desencantó el Guggenhein, y me enamoró Bermeo. Allí tuve oportunidad de conocer a un vasco vasquísimo, de nombre Urruti, que decía de sí mismo ser «de los históricos». Urruti, rematado por su chapela, me pareció el paradigma del vasco. Charlé con él durante largas horas, y me explicó su forma de entender el nacionalismo, un nacionalismo que se le salía por los poros. Hablaba pestes de los violentos, y se lamentaba amargamente de la situación de su tierra. Le pregunté si veía alguna salida, si creía que esa gente entraría en razón. Me dijo que no, y me sobrecogió su respuesta. Me sobrecogió porque era el análisis de una persona conocedora de esa realidad, de una persona que convive entre etarras, que tiene con ellos incluso lazos familiares. Urruti es primo carnal de Josu Ternera. Los conoce bien.