LAS GRÚAS se han convertido en una temible arma asesina. Seis víctimas mortales, cuatro adultos y los dos gemelos que gestaba una embarazada de Santurce, en menos de 24 horas, es como para tomarse ya en serio la amenaza real que a nuestras vidas causan esos inmensos artilugios que penden sobre nuestras cabezas. Es para darle carácter de tragedia. El fuerte temporal que ayer afectó a gran parte de España no pudo coger a nadie por sorpresa. Protección Civil alertó reiteradamente de su presencia, incluso detallando las características del mismo y las precauciones mínimas que se debían de tomar. Pero, por lo visto, para algunos, estas advertencias suenan siempre a música celestial. Ni caso. Un joven trabajador en A Mariña de Lugo, una mujer embarazada de gemelos en Santurce y dos mujeres más en A Coruña, es un balance demasiado terrible como para que esta pesadilla quede en lamentaciones. Y no se exijan responsabilidades. Alguien tiene que responder de estos lamentables accidentes. Y no ha de ser precisamente el fuerte viento. ¿Se controlan convenientemente estos monstruosos artificios? ¿Se siguen los procedimientos establecidos para situaciones de emergencia? ¿Se respetan las normas de seguridad? ¿Quién lo hace? ¿Quién nos asegura que se hizo lo correcto? Alguien tiene responsabilidad sobre esta media docena de muertes. Y, sobre todo, alguien tiene que preocuparse de que no vuelvan a ocurrir. Porque, en las últimas horas, en España ha corrido demasiada sangre, fruto de la desidia, la negligencia, el descuido, la imprudencia y la insolvencia. Los españoles somos ciudadanos que pedimos bien poco. Nos conformamos con poder pasear tranquilamente por la calle, o descansar en nuestras casas preocupados por el colesterol y los triglicéridos, sin que nos caiga la muerte del cielo.