EL ÚLTIMO TREN no es un lamento galaico sobre el AVE sino una entrañable película de Luppi, Alterio y Soriano que regala lecciones de dignidad. El filme muestra a tres personas mayores y un niño -como si en ellos descansara la esperanza- enfrentarse con tenacidad admirable a lo que consideran excesos del mercado en los aspectos sustantivos de la vida. El argumento se construye sobre las peripecias que plantea una resistencia imaginativa a perder una antigua locomotora bajo la pancarta simbólica de que el patrimonio no se vende. Esa resistencia inteligente constituye un ejemplo de coraje y dignidad. La reflexión es oportuna porque en Galicia también se desborda el espíritu mercantil y nos venden muchas locomotoras. Empezando por la autopista del Atlántico, verdadero patrimonio del pueblo gallego y columna vertebral del bienestar presente y futuro. Si esta infraestructura de transporte funciona con eficiencia, es imprescindible para el desarrollo del país y llevamos pagándola durante tantos años, ¿no es de justicia que su gestión, control y beneficios sean también públicos y se distribuyan con vocación solidaria? Todos sabemos que los medios de comunicación públicos son instrumentos poderosos para fortalecer el pluralismo, la cultura y los valores democráticos. Pero estas locomotoras están ya privatizadas y deterioradas por los gobiernos de turno y también por cierta indiferencia social. Probablemente el error sea pensar que la solución puede venir de la lucha partidaria. Los resultados están a la vista y deprimen lo suyo: vulgaridad, sectarismo y aburrimiento generalizado. Sin duda alguna, es un patrimonio a recuperar. Otra locomotora que aparece con reiteración creciente -esgrimiendo para ello razones de eficiencia- es la privatización parcial de los servicios públicos esenciales que fundamentan el Estado de Bienestar. Como si maximizar beneficios fuera compatible con la solidaridad y la igualdad de oportunidades. Convivencia entre los sectores públicos y privado sí, pero cada uno en su sitio. Incluso los conciertos con empresas privadas en este ámbito deberían cubrir sólo períodos transitorios y no derivar en soluciones definitivas. Defender un patrimonio social tan delicado como la sanidad o la educación, por ejemplo, exige tener ideas claras y espíritu firme. Pero las locomotoras se multiplican. Otra es el cuidado del medio ambiente, tan amenazado por los comportamientos depredadores. Otra es la dignificación de la institución municipal, tan humillada por la subvención. Otra es el respeto por el urbanismo, tan afectado por la ignorancia. Otra es... Haga un hueco en su vida y vea El último tren . No se arrepentirá.