CON TODA probabilidad estamos asistiendo a un conjunto de profundas modificaciones en el mundo moderno que podrían ampararse bajo la expresión de un «cambio de época», es decir, cambios y modificaciones aceleradas que están transformando los datos y las percepciones de los grandes problemas del mundo del siglo XXI. Tras los revolcones propiciados por el final de la vieja política de la guerra fría y del equilibrio entre los dos bloques, emerge definitivamente un nuevo orden mundial bajo el liderazgo exclusivo de una sola potencia económica, política y militar, que impone su visión del nuevo sistema de poder. Los problemas económicos, energéticos, medioambientales, alimenticios, políticos, demográficos, culturales, e, incluso, psicológicos, se incrementan y se contemplan en exclusiva desde los intereses vitales de la superpotencia, lo que no quiere decir que se conozca el puerto de llegada. Nos puede estar ocurriendo, que, al vivir los cambios desde el interior del maremoto, nos resulte difícil captar los límites, los perfiles y la orientación de los nuevos tiempos, de la misma manera que cuando una fuerte ola nos alcanza en la orilla del mar y nos envuelve en sus manos, perdemos la percepción de nuestra propia posición. Los resultados obtenidos por el partido republicano el supermartes electoral, 5 de noviembre, liderado por George W. Bush, certifican la hegemonía de una determinada orientación política que arraiga entre nosotros. La sociedad estadounidense se ha vuelto hacia el interior de sí misma y ha ratificado unas políticas de fuerza, de ataques preventivos , que pretenden preservar su seguridad política y económica. Los viejos pactos de política internacional vuelan por los aires, mientras la administración republicana ofrece un nuevo acuerdo internacional a aquellas potencias que acepten y colaboren con su definición unilateral de prioridades como ocurre con la Rusia de Putin. Incluso el vínculo transatlántico entre EE. UU. y Europa pasa a un segundo plano y se abre una brecha política entre las dos grandes realidades. Los leves intentos del diálogo Norte-Sur desaparecen bajo la intensa globalización liberal y sin normas que aboca a más de la mitad del mundo a una crisis terminal. El problema del petróleo, estratégico para el mundo industrializado, se resuelve instaurando un protectorado militar y político de los Estados Unidos en los países de Oriente Medio que encierran el 70% de las reservas totales de gas y petróleo. El agravamiento de la crisis palestina y el probable giro a la derecha del gobierno de Tel Aviv bajo la dirección de Netanyahu, expande el choque con el mundo islámico hasta límites desconocidos, lo que explica cambios políticos como el producido en Turquía. Pronunciamientos como los relativos a las Conferencias de Kioto, Johannesburgo, e iniciativas como la del Tribunal Penal Internacional (TPI), se convierten en inútiles, al tiempo que Naciones Unidas se ahoga en la impotencia a pesar de los esfuerzos de algunos países. Pero tal situación generará guerras de baja intensidad, terrorismo y movimientos migratorios de difícil previsión y control. ¿Una visión muy pesimista? Es posible, pero, ¿alguien tiene buenas noticias?