UN AMIGO me comentó un día que estaba dedicando sus horas libres a archivar en un disco CD las fotografías familiares, que hasta entonces había guardado en álbumes. Del escáner al ordenador, iba guardando las fotos en el disco. Llevaba ya días en el empeño, y su interés iba en aumento, pues rescataba amarillentas fotografías, las retocaba y aparecían relucientes en el nuevo soporte informático. Me pareció un entretenimiento útil y decidí hacer lo mismo en esas horas muertas que nos regala un domingo. Como primera medida, me puse con empeño a bucear en los cajones viejas fotografías familiares, que fueron apareciendo con abundancia insospechada. Decidí empezar por las más antiguas. Fotos con un blanco amarillento y un negro grisáceo fueron pasando con mucha más lozanía a la pantalla del ordenador. Eran fotos muy viejas, de mis abuelos y sus hermanos. Reconocí rasgos míos en el cuerpo de algunos de ellos, me expliqué rasgos propios viendo sus rostros, y hasta creo que entendí mejor algunos aspectos de las personalidades de mis hijos observando con detenimiento determinados gestos de mis antepasados. Toda una lección de genética y de metafísica: somos solo un eslabón, más que breve, fugaz, en la gran cadena humana. Encontré fotografías de todo tipo. Mayoritariamente, de estudio, y muchas de ellas, de bodas. Me resulta imposible pasar por alto esa sonrisa entre ingenua y asustada de las novias, al lado de un señor de bigote con el que se iban a casar para toda la vida, claro. Sé que, en el caso de alguna de estas mujeres, la cara de timidez debió durar solo ese día -seguramente, también esa noche- porque luego la vida les hizo afrontar desgracias y tomar decisiones muy difíciles con el valor de heroínas y el tesón de gladiadores. Pero entre todas estas fotos hubo una que me hizo una gracia especial porque conocía sus interioridades. Se trata del retrato de un grupo de amigos, en la juventud de mi padre y de mis tíos, en una fiesta campestre de las que se celebraban hasta no hace tanto tiempo en la comarca. El autor fue un chico del pueblo, en aquel entonces aprendiz del oficio de fotógrafo con el único profesional que tenía estudio en la zona. El jefe, cansado ya de que el mozo aprendiz le hubiese desgraciado cantidad de fotos anteriormente, le había avisado que ya no toleraría más retratos con cabezas cortadas, gente sin piernas, ni grupos de diez que luego quedaban en la fotografía reducidos a tres individuos, asomados al ángulo derecho o al izquierdo. Le explicó por última vez lo de la perspectiva y lo del centrado, con amenazas de devolverlo al arado familiar si no espabilaba. La verdad es que el mozo, esta vez, sí aprendió bien la lección. Era un grupo numeroso de hombres del pueblo, unos veinte, y ni uno solo le quedó fuera de la foto. Todos están allí, eso sí, muy apretados unos contra otros -se ve que los organizó severamente-, unos delante, agachados, y otros detrás, casi abalanzándose sobre éstos. Salen, también, y con gran nitidez, unos robles centenarios, enormes, que les sirven de fondo al grupo. Y más nítida aún es toda una frondosa finca de maíz que se interpone entre el fotógrafo y el grupo fotografiado. Protegidos por la esplendidez de los robles, por la transparencia del maíz y por la geografía de casi toda la comarca, allá están, al fondo, minúsculos y diluidos, ¡pero todos, y enteros!, aunque no se sepa muy bien quiénes son.