DESPUÉS del episodio de los dos diputados y el parlamentario gallego que tienen que dejar sus empleos en empresas, se ha desatado la fiebre de la incompatibilidad. Al grito periódico de «no mezclar asuntos públicos con intereses privados», llega una nueva cruzada ética. Nadie quiere ser sospechoso de tolerancia con esa convivencia. Los 53 diputados que mejoran así su economía van a pasar un calvario. Rodríguez Zapatero, que está a la que salta, ya ha propuesto endurecer la legislación. Si llega al gobierno, habrá una nueva ley de incompatibilidades. Son muy saludables estos brotes periódicos de honestidad. Indican que la clase política no ha perdido el pudor. Me sigue preocupando, de todas formas, que la honradez tenga que ser impuesta por ley. Me obliga a formular la pregunta clásica: ¿el político honesto, nace o se hace? Tal como va el debate, parece que se parte de un supuesto: todo político nace corrupto y puede caer en todas las tentaciones de la cartera. Por tanto, hay que corregir su naturaleza venal con leyes estrictas, rigurosas, inflexibles, para que no salga del buen camino. A golpe de leyes progresivamente endurecidas, llegaremos a tener una clase dirigente honorable, casi arcangélica. Por no haber, no habrá ni asesores, que parece la especie más perseguida. Hay, sin embargo, algo que nunca podrá imponer ninguna norma, aunque provenga de Zapatero: la compra de voluntades. Si una empresa privada quiere realmente el beneficio del poder, ¿qué cree usted que hará? ¿Nombrar asesor a un diputado, o corromper en un ministerio? Y si un cargo público, pero impúdico, quiere forrarse, ¿qué cree que hará? ¿Pedir permiso al Congreso o cobrar en negro algún favor? Yo lo ignoro. Pero usted, que es muy sagaz, seguro que tiene una respuesta. En este sentido, es más eficaz recordar cómo terminó Roldán y ser fulminante con quien le imite que cambiar la ley de incompatibilidades.