ASÍ REZABA el santoral del día siguiente a la gran fiesta cristiana de Todos los Santos. Fieles e infieles, que la muerte a todos nos iguala con democrática justicia. La muerte y los muertos están huérfanos de literatura mediática, no tienen, como el coronel de Gabo, quien les escriba, y como mucho les sucede lo que al Tenorio que cada noviembre reaparece en la cartelera, surgiendo de un más allá tan pintoresco como irreal. El culto por los muertos es una de las escasas señas de identidad de la sociedad gallega que todavía permanece con desigual vigencia. Toda nuestra cultura popular, con especial énfasis en la campesina, está impregnada de estadeas, de santas compañas, de Fizes de Cotovelos que se aparecen en las encrucijadas, de miedos atávicos y de silencios para evitar hablar de la muerte y de los muertos con eufemísticos circunloquios. Toda esa liturgia del pánico irracional retrasó nuestra incorporación a la modernidad que tantas veces reclamamos. En pueblos y aldeas, en las ciudades de Galicia siguen pesando como una losa las viudas rosalianas tan bien retratadas por Castelao con su uniforme de ropa negra de por vida. Un país de lutos perpetuos, una Galicia en blanco y negro nos tuvo anclados en un pasado que todavía no ha concluido del todo. Durante muchos años en Galicia siempre fue noviembre y el oficio de difuntos, los oficios de tinieblas, un memento que ha durado demasiado tiempo. Por Santos los rapaces de mi generación estrenábamos ropa de abrigo para todo un invierno y acudíamos a los cementerios a visitar a nuestros muertos, era su día, y como atributo del otoño colgábamos del cuello una suerte de collar de castañas cocidas que llamábamos rosario de zonchos . Desconozco las razones antropológicas de tan singular rito. Era, indudablemente, una ofrenda a todos los muertos de la familia. Como un homenaje resulta el degustar por estos días los dulces relicarios de mazapán convertidos en huesos de santo y que ya en el siglo XVI los feriantes vendían a las puertas de los cementerios, o los buñuelos rellenos de viento como metáfora de la vida que se va. En Cataluña honran a sus difuntos con pasteles de almendra que llaman panellets y se acompañan de un fino licor de malvasía. Es un homenaje de afecto a los difuntos. Afecto que en mi casa era una constante en las ocasiones en que la familia se reunía en torno a la mesa grande de las celebraciones. Siempre antes de comenzar el almuerzo mi abuela nos rogaba que tuviéramos un pensamiento piadoso para aquellos muertos innominados, cadáveres que nadie reclamaba, ahogados anónimos que el mar devuelve a la orilla, moinantes que fallecen sin que su familia los vele, gentes del camino que iban a parar a una fosa común que siempre estaba en el rincón más umbrío de los cementerios. Vaya para todos ellos, que no tienen quien les rece, ni los recuerde, mi memoria y mi reconocimiento. Algún día todos los cementerios de la tierra serán jardines donde estalle la primavera, y los niños habrán de jugar entre las tumbas, en un huerto sin panteones, ni fatuas miserias, entre cruces y estelas funerarias que recuerden una vida vivida. Mientras eso no ocurra yo seguiré con mi cita de papel anual, escribiendo en el aire para quienes ya no pueden leerme, para todos los fieles e infieles difunto, con el deseo antiguo y renovado de pedir que la tierra que los acoge les sea cuando menos, leve. Descansen en paz.