La ilusión y la esperanza se extienden por Brasil desde que el pasado domingo Luiz Inácio da Silva, "Lula", un líder obrero de origen humilde conocido por su honradez y su tesón, ha alcanzado la presidencia de la República. Era su cuarto intento y, desde que se proclamó su victoria, algo ha empezado a cambiar en lo más profundo del alma colectiva de este gran país sudamericano. Los mismos niños pobres brasileños que sólo podían soñar con emular las hazañas futbolísticas de Pelé, Garrincha o Ronaldo, desde ahora también pueden imaginar que el más alto sillón del Estado está a su alcance. La barrera ha caído, el muro ha sido derribado. Lula es la prueba. Él reúne todos los requisitos biográficos y políticos para acreditarlo. Lo que empieza, sin embargo, no es una tarea fácil. Los pobres esperan un futuro mejor, con unas medidas de Gobierno que los favorezcan. Los ricos, y también la clase media, confían en que Lula se haya moderado lo suficiente como para no amedrentar al capital ni consentir que el país se deslice por una senda reivindicativa, susceptible de generar desorden. Lula se limita a decir: «Siento que un nuevo Brasil está naciendo». Pero quizá también él está tan nervioso y asustado como cualquier otro padre primerizo.