CON MENTALIDAD europea es difícil afirmar que Brasil sea un Estado. En su extensión, 17 veces mayor que España, se juntan populosas ciudades e interminables selvas, tierras feraces y regiones paupérrimas, subsuelos tentadores y reservas ecológicas de valor universal. Su población, cercana a los 180 millones, se caracteriza por su dinamismo demográfico y una profunda desestructuración social, que llena de contradicciones a tan fascinante país. La opulencia se toca con la miseria, las élites educadas en EE.?UU. administran inmensas bolsas de analfabetos, las ciudades industriales limitan con sociedades agrarias de tipo neocolonial, y una amplia masa de mestizos, que algunos contemplan como una muestra del mundo que viene, funciona de hecho como un muro de cristal que separa la moderna sociedad de los blancos de la arcaica vida de los negros y los indígenas de las selvas y las favelas. En coherencia con su realidad física, la organización política y constitucional del Brasil forma un complejo mosaico de 26 Estados y un distrito federal, con un Congreso Nacional de dos cámaras y una constelación de gobernadores, cámaras y administraciones que tienden a desestructurar la acción gubernativa y a funcionar como contrapunto de las políticas federales. Más allá del portugués y la selección de fútbol, los brasileiros carecen de una identidad efectiva, y por eso el sistema político parece estar orientado a que nunca pase nada, o a rebobinar lo poco que puede pasar. Hoy, por ejemplo, antes de hacer cábalas sobre el alcance de la victoria del Partido dos Trabalhadores, tendremos que recordar que Lula da Silva no tendrá mayoría ni en el Senado ni en la Cámara de Representantes, y que varios de los grandes Estados de la federación ya están formando el contrapoder que va cortar las alas de su idealismo social y reformista. Lula tendrá que aprender que su programa de «hambre cero» no es más eficaz ni prioritario que el de «analfabetismo cero» que le deja en herencia y a medio camino su predecesor, y que ni uno ni otro funcionan al margen de la deuda exterior que les ata las manos. No tiene ningún sentido que el primer mundo siga mirando a Brasil con los ojos de sus propias políticas, como si Lula da Silva tuviese varias opciones abiertas. Y menos se entiende aun que, lejos de caminar hacia un modelo económico integrado, que evite los vaivenes de las políticas sintomáticas, sigamos mirando las evoluciones de los países del Cono Sur como se miran los témpanos a la deriva. En Brasil tienen que pasar muchas cosas. Pero mucho me temo que la jornada electoral no esté inscrita en el calendario del futuro.