FINALMENTE la pesadilla del teatro de Moscú ha terminado con muerte y desolación. Pero Vladimir Putin, situado ante un dilema fatal, no tenía alternativa. Si quiere pertenecer al eje del bien , tenía que enviar una señal definitiva y potente contra todos los movimientos de inspiración islámica integrista que desde Indonesia y Filipinas, hasta Arabia Saudí y Rusia, amenazan la seguridad del llamado Occidente . La sociedad rusa, eslava y ortodoxa, odia hasta el infinito a los nativos del Cáucaso por razones étnicas y por su religión musulmana suní. Precisamente por tal circunstancia, la guerra de Chechenia no tiene solución militar. En realidad no estamos asistiendo sólo a los estertores del viejo sistema soviético, sino que se trata de la implosión del Imperio ruso construido desde finales del siglo XVIII por la visión zarista de Europa oriental, no muy diferente a las políticas de expansión de los grandes imperios de la época. El drama del imperio ruso, heredado por la URSS, es que su desmembración territorial no se produce lejos de la metrópoli sino en el interior de sus fronteras. El pueblo ruso conoce el sufrimiento, su historia está señalada por grandes sacrificios. El terrorismo checheno es el resultado de muchas variables. Por una parte el odio ya señalado contra el invasor; por otra parte, su condición de constituir una región estratégica en la producción y tránsito de petróleo, por lo que resulta imprescindible para Moscú. Y por último, junto con los Balcanes, es el frente de batalla de los muyhaidines que vencieron a los soviéticos en Afganistán en los años 80, armados por Washington (ironías de la historia), y que se han extendido por el mundo islámico apoyados por la red de Bin Laden, especialmente castigada tras la reciente intervención de los EE. UU. en su país de acogida. Además la industria del terror en Chechenia, Georgia y Daguestán, se ha convertido en un saneado negocio bien administrado por Mozvar Baraiev, jefe del comando que secuestró a los ciudadanos en Moscú, y sobrino del temible Arbi Baraiev, que controlaba el tráfico de petróleo por Chechenia, las principales carreteras y el secuestro de rusos y extranjeros. La cuestión es, ¿Al Qaeda está detrás de la masacre de Moscú?, ¿influirá lo ocurrido en la actitud de Putin sobre Irak? No es imposible, aunque no resulta determinante ni la posible participación de Bin Laden, ni el futuro del conflicto de Chechenia. Lo que realmente preocupa a los gobiernos europeos y a Washington es el papel real de Pakistán y de Arabia Saudí. En consecuencia, Francia, Rusia y Alemania insisten en el entorno de George W. Bush, que no es el momento de distraer fuerzas en Irak. Pero Bush sólo piensa en petróleo y en Israel.