Las incertidumbres del BNG

ANXO GUERREIRO

OPINIÓN

23 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

NO PUEDE sorprender el interés que suscita el debate interno en el BNG. Todavía es la segunda fuerza política en el Parlamento y, en cualquier caso, resulta pieza imprescindible para poder articular una alternativa creíble a la actual mayoría conservadora. En los últimos años el Bloque experimentó un crecimiento sin precedentes en la política gallega, consiguiendo unificar en su seno a todo el nacionalismo, obteniendo representación en las Cortes Generales, en el Parlamento Europeo y ostentando la alcaldía de tres de las siete ciudades gallegas. Este proceso de espectacular desarrollo alcanzó su punto álgido en las elecciones del 97, en las que el BNG consigue, por primera vez, el liderazgo de la oposición. Todo ello ha sido posible gracias al aprovechamiento de unas condiciones favorables, una estrategia política bien definida, una organización dinámica y un liderazgo estable y meritorio. Pero las últimas elecciones autonómicas, en las que el BNG sufre por primera vez un retroceso electoral, marcan un punto de inflexión y ponen de manifiesto, sin lugar a dudas, el agotamiento de un modelo y el fin del impulso generado hace 20 años. Lo cual situa al Bloque ante la imperiosa necesidad de reformular su proyecto político para poder abordar una situación radicalmente nueva. Un cambio de estas dimensiones no resulta nunca fácil de realizar en una fuerza política. No deben, pues, extrañar las dificultades que la organización nacionalista encuentra en su transición. En cambio, sí debe preocupar que, como consecuencia de ese proceso, el discurso político resulte confuso, la estrategia poco definida y los objetivos imprecisos. Las actuales relaciones del BNG con la Xunta y con el PSdeG son ejemplos que ilustran bien esa confusión e indefinición a la que me refiero. El BNG no puede negarse al diálogo, que insistentemente había reclamado, cuando éste se hace posible. El diálogo es un hábito consustancial con la democracia y, en la medida que produzca efecto prácticos tangibles, no sólo será positivo para el país, sino para el propio Bloque, que afirmará así su condición de fuerza de gobierno, y podrá derribar las barreras que le impedían relacionarse con amplios sectores populares que, hasta ahora, apoyaban al PP. Pero si, como consecuencia de esta iniciativa, da la impresión que el precio del diálogo y de la concertación consiste en exonerar al presidente de la Xunta -que cuenta con enormes competencias y más de 7.500 millones de euros de presupuesto- de sus responsabilidades, situando éstas exclusivamente en el Gobierno de Madrid, el Bloque estará, sin proponérselo, proclamando la futilidad de la alternativa al PP en Galicia. Del mismo modo, si el BNG sustituye su difícil cooperación competitiva con el PSdeG por la pura descalificación, contribuirá a diluir la necesaria alternativa de gobierno y estará renunciando a encabezarla. Finalmente, el Bloque está abocado a una revisión de su estructura orgánica. De lo contrario toda su dinámica interna girará, cada vez más, alrededor de intereses personales y corporativos en pugna por la influencia y control de la organización, en detrimento de la participación democrática y la convivencia internas. Si se considera el peso de las inercias, del imaginario colectivo, que no se cambia de la noche a la mañana y su singular y compleja organización, concluiremos que los cambios a los que ha de enfrentarse el BNG no son tarea sencilla. Pero no pueden posponerse indefinidamente.