Don Arturo pide más

OPINIÓN

ALGÚN MALÉVOLO le llama Arturo Menos . Pero, mientras no se demuestre lo contrario, es Artur Mas, conseller en Cap de la Generalitat de Cataluña. Hace honor a su apellido, porque cada día pide más: más autogobierno. Tiene un dato a su favor: se somete al marco constitucional y no reclama, como otros, status de libre asociación. Por eso las respuestas que ha encontrado, incluso en los ministros del Gobierno central, han sido moderadas. No es un enemigo peligroso que ponga en riesgo la unidad de España. Tampoco conecta directa o indirectamente con las exigencias de ninguna banda armada. Lo inquietante de Mas es que pide otro estatuto de autonomía, distinto y de nueva planta. Y todo eso, ¿para qué? Primero, para que Cataluña sea reconocida como nación; segundo, para llegar a un concierto económico como el vasco, y tercero, para que la Generalidad sea la Administración única del Estado. No es ninguna herejía. La última de esas aspiraciones sería suscrita por el fundador del Partido Popular, don Manuel Fraga. ¿Qué es, por tanto, lo que molesta? Que se siga abriendo el melón de los estatutos, ahora que el Gobierno central considera cerrado el proceso. Pero, sobre todo, que parezca que Mas sigue los pasos de Ibarretxe. Y lo parece, como si ambos nacionalismos hubieran establecido una carrera al grito de maricón el último , a lo cual responden los poderes centrales: «No pasarán». Y así estamos. Yo ignoro si el proceso autonómico debe ser cerrado o no. Posiblemente nunca se cerrará, porque la reivindicación permanente es la esencia de los nacionalismos. Pero ya está bien de que la estabilidad territorial dependa siempre de las tensiones electorales. Y Artur Mas salió con éstas, porque tiene miedo a perder. No es que necesite más autogobierno. Lo que necesita es conectar con los sectores más radicales. Y todo, porque siente en la nuca el aliento de un señor llamado Maragall.