CON ESTA aceleración de los tiempos, ocurren tantas cosas en espacios cada vez más reducidos que lo normal es que olvidemos lo que pasó poco menos que ayer. Y así, cuando el presidente Bush ya tiene en el bolsillo la autorización de las Cámaras para hacerle la guerra a Irak, el terrorismo islámico estalla en Indonesia y Filipinas. Mientras tanto, nadie recuerda cómo la Administración norteamericana se valió de los integristas musulmanes del sunismo, financiados por Arabia, para desalojar a los soviéticos de Afganistán, y de la dictadura iraquí para detener y desangrar, en una larga guerra de ocho años, al integrismo chií de los ayatolas, que amenazaba con incendiar todo el petróleo del Oriente Medio. Las armas químicas que Sadam Husein puede tener proceden de los suministros norteamericanos para aquella guerra contra quienes les habían humillado con la operación frustrada de rescatar de Teherán a sus rehenes. Y la activación histórica del Islam como arma de combate, en el epílogo de la Guerra Fría, no fue una ocurrencia del Gobierno saudí sino de los diseñadores de la CIA, buscando antídotos contra el comunismo soviético. Sin embargo, ahora como entonces se cierne un riesgo estratégico sobre el petróleo del Asia Menor. La URSS, desde el Afganistán ocupado, proyectaba una sombra preocupante sobre el Golfo de las Tentaciones. El supuesto peligro actual es otro: el potencial de agresión iraquí y el potencial de deriva integrista en Arabia. Desde la invasión de Kuwait, en 1990, la Historia ha dado muchas vueltas y no nos acordamos de nada. Lo único presente y nítido es la ganancia de Israel; pues no es lo mismo amigo instrumentado, luego abandonado y perdido, que amigo que instrumenta, orienta y conduce.