CON ESTRICTA puntualidad española, devota siempre del más o menos, acaba de cumplirse uno de los ritos más horteras y caducos de nuestra democracia, que nos muestra al conselleiro de Economía junto a una furgoneta llena de papeles en los que figuran impresos los Presupuestos Generales de la Comunidad Autónoma. Con esta ceremonia, propia del siglo XIX, todos los ministros y conselleiros de Hacienda tratan de mantener la idea de que el Estado pervive gracias a sus desvelos, y de que son esos papeles, y no nuestro trabajo, los que nos van a dar el pan nuestro de cada día. Mi opinión, sin embargo, es que la política de hoy debería hacerse de otra manera, renunciando al mito de la milagrosa caja pública que multiplica los dineros de la ciudadanía. Y por eso voy a llamar su atención sobre seis puntos que pueden servir para resumir y criticar, en sólo medio folio, los cientos de kilos de papel que José Antonio Orza entregó en el Pazo do Hórreo. Lo primero es que, si se apuesta por la sociedad de la información y la postmodernidad, ya va siendo hora de que estas cosas lleguen al Parlamento como me llegaron a mi, por correo electrónico y en formato PDF, sin necesidad de talar tantos bosques y reciclar tanto papel caducado. Segundo, que también aquí, como en Madrid, se hacen castillos en el aire, y que una previsión de ingresos que se basa en un crecimiento del 3 % para el año 2003 no hace más que meter el déficit debajo de la alfombra. Tercero, que el objetivo de la convergencia tiene todas las trazas de una percha de goma, y que, si en el año 2002 hemos avanzado en la divergencia, esta manida jaculatoria que todo lo explica puede durar medio siglo más. Cuarto, que una vez más vamos a salvar la cara gracias a los fondos europeos y de Compensación Interterritorial, que, además de maquillar el capítulo de inversiones reales, permiten sisar algunos euros correspondientes a la inversión financiada por la Hacienda autonómica. Quinto, que siguen funcionando las máquinas de ingeniería financiera (léase SPI, por ejemplo), que diluyen la deuda real y su carga financiera. Y sexto, pero quizá lo más importante, que si usted busca un guiño de novedad en la filosofía inversora, que nos permita dar el salto al desarrollo y librarnos de la dependencia de los fondos estructurales de la UE, perderá el tiempo. E incluso empezará a temer por sectores tan básicos como la educación y la sanidad, que muestran ya un preocupante deterioro. Por eso se lo digo con toda sinceridad: si yo fuese conselleiro de Economía -¡Dios me libre!- dejaría en paz la furgoneta y enviaría los presupuestos por e-mail . Porque es la única forma de no ponerse colorado.