Salamina

| IGNACIO RAMONET |

OPINIÓN

EN FRANCIA, el excepcional relato de Javier Cercas, Soldados de Salamina , muy bien traducido, está encontrando también un considerable éxito en las librerías. Los grandes diarios y los más prestigiosos semanarios culturales le han consagrado páginas enteras, cosa muy poco usual tratándose de autores contemporáneos españoles. Y Soldados de Salamina se encuentra ya en la lista de las diez novelas más vendidas. Me alegra esto muy particularmente porque, sin saber absolutamente nada de ella ni de su autor, la descubrí un atardecer, hace más de un año, en un quiosco del aeropuerto de Barcelona mientras trataba de matar el tiempo concedido por un largo retraso de mi vuelo hacia París. Ojeé la tapa de atrás y empecé a leer las primeras frases del libro. El anzuelo funcionó, y me vi arrastrado por una incontrolable curiosidad. Narrada como una formidable intriga policiaca, la encuesta periodística sobre la saga del falangista Rafael Sánchez Mazas y su fusilamiento errado en la atmósfera confusa de los últimos días de la guerra civil se lee de un tirón. Y la novela alcanza una intensidad emocional increíble en su parte final, cuando el joven investigador encuentra por fin al anciano soldado republicano olvidado en un hospicio de Borgoña... Apasionante y emocionante, la novela de Cercas no despeja sin embargo un enigma central: ¿Quiénes eran esos soldados de Salamina de los que habla el titulo? Pocos lectores deben recordar sin duda sus lejanos cursos de historia de la antigüedad griega ¿Y por qué establecer un paralelo entre aquellos guerreros y los combatientes republicanos de la guerra de España? El 28 de septiembre de 480 (A.C.), los griegos consiguen en Salamina, como en Maratón diez años antes, una decisiva victoria militar sobre el imperio persa. Es una batalla naval. Una de las mayores batallas navales de la historia militar del mundo. Se enfrentan unos 200.000 hombres y más de 1.200 navíos. También es, según todos los historiadores, uno de los más mortíferos de cuantos enfrentamientos navales se han producido jamás. Se estima que ese día murieron unos 50.000 hombres, es decir, una cifra muy superior a la de los que perecieron en Lepanto (40.000), en el desastre de la Armada Invencible (25.000), en Trafalgar (14.000), en Jutlandia (6.000) o en Midway (5.000) durante la segunda guerra mundial. Situada a escasos kilómetros de la Acrópolis de Atenas y frente al puerto del Pireo, Salamina es una pequeña isla que forma un corto estrecho en el cual Temístocles, el almirante griego, y su pequeña flota se enfrentaron y vencieron a la gigantesca armada del imperio persa. La desproporción entre los dos adversarios era astronómica. El imperio persa se hallaba en el apogeo de su poderío; se extendía desde la India hasta Libia y Bizancio sobre 2,6 millones de kilómetros cuadrados (más de cinco veces España), había conquistado y sometido a decenas de naciones (partos, armenios, asirios, cilicios, fenicios, chipriotas, frigios, lidios, sardos, egipcios, etcetétera) y poseía una población superior a los 70 millones de habitantes. Grecia, en cambio, ni siquiera era un estado unificado, sino una federación indisciplinada de ciudades autogobernadas esencialmente localizada en un territorio (Ática y Peloponeso) pequeño (130.000 km2), árido y poco poblado (apenas 2 millones de habitantes). Teóricamente, en Salamina, la victoria de los persas no ofrecía dudas. Tanto más cuanto que apenas diez días antes, en el barranco de las Termópilas, a pesar del valor inmenso de los espartanos y de su célebre jefe Leónidas, los griegos habían sido duramente derrotados por los persas; Leónidas, decapitado y su cabeza empalada en una lanza... Sentado en un trono de oro en lo alto de un acantilado cerca del Pireo, el tiránico emperador persa, Jerjes, asistió a la batalla de Salamina con el vehemente deseo de someter a los griegos, de arrebatarles sus libertades, sus tradiciones de discusión y de debate, su individualismo y su racionalidad. Y asistió a la mayor derrota de los suyos. Desde entonces, la divina Salamina , como decía Herodoto, representa la lucha por los ideales abstractos de la democracia. Su nombre es sinónimo de resistencia a la barbarie y a la satrapía. Por eso, en todas partes y en todas las épocas, un soldado de Salamina es aquel que lucha contra el oscurantismo y por la libertad.